El Dios santo confronta el pecado, purifica a su pueblo y anuncia una esperanza futura.

Isaías abre la sección de los profetas mayores y desarrolla una de las visiones más amplias del Antiguo Testamento acerca de la santidad de Dios, el pecado humano, el juicio, la restauración y la esperanza mesiánica. Su nombre significa «Jehová salva» o «salvación de Jehová», una declaración que resume el mensaje del libro: el pueblo no podrá salvarse mediante alianzas políticas, poder militar ni religiosidad externa; solamente el Señor puede rescatarlo. Isaías ejerció su ministerio en Judá durante los reinados de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías, aproximadamente en la segunda mitad del siglo VIII a. C., cuando el Imperio asirio se expandía violentamente por el antiguo Cercano Oriente. Israel, el reino del norte, desaparecería ante Asiria en el año 722 a. C., mientras Judá también enfrentaría invasiones, crisis internas y amenazas contra Jerusalén.
Los primeros cuatro capítulos funcionan como una introducción a los grandes temas del libro. Judá conservaba el templo, los sacrificios, las fiestas y las oraciones, pero su vida social estaba marcada por injusticia, corrupción, violencia, idolatría y opresión. Dios no rechaza la adoración que Él mismo había ordenado; denuncia la contradicción de presentarse delante de Él mientras se despreciaba su voluntad. Sin embargo, el mensaje no termina con la condenación. El mismo Dios que descubre la gravedad del pecado ofrece limpieza al arrepentido, preserva un remanente y anuncia un futuro en el que Sion será purificada y las naciones acudirán para aprender sus caminos.
ISAÍAS 1 — LA ACUSACIÓN DE DIOS CONTRA UNA NACIÓN REBELDE
Isaías identifica su mensaje como una «visión» acerca de Judá y Jerusalén. El término no se limita a una experiencia visual, sino que abarca la revelación recibida de Dios y comunicada por el profeta. Aunque el mensaje nació dentro de circunstancias históricas concretas, el llamado dirigido a cielos y tierra le concede la solemnidad de un juicio público:
“Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí.” (Isaías 1:2)
La convocatoria recuerda el lenguaje del pacto en Deuteronomio, donde cielos y tierra fueron llamados como testigos de las palabras entregadas a Israel. Dios no acusa a una nación desconocida, sino a hijos que habían recibido cuidado, dirección y privilegios. La rebelión resultaba especialmente grave porque era una respuesta de ingratitud al amor del Padre. El buey reconoce a su dueño y el asno sabe dónde recibe alimento, pero Israel había perdido el conocimiento espiritual que incluso un animal manifiesta hacia quien lo sostiene.
En la Biblia, «conocer» a Dios implica mucho más que poseer información religiosa. Significa reconocer su autoridad, vivir en relación con Él y responder obedientemente a su voluntad. Judá tenía sacerdotes, Escrituras, ceremonias y memoria histórica, pero no entendía verdaderamente al Señor. Es posible conocer las prácticas de la religión y, al mismo tiempo, vivir como si Dios no tuviera ningún derecho sobre nuestras decisiones.
La nación es descrita como un cuerpo completamente enfermo, cubierto de heridas que no han sido limpiadas, vendadas ni suavizadas con aceite. Esta imagen no señala una enfermedad física específica, sino la corrupción extendida por toda la sociedad. El pecado había afectado dirigentes, instituciones, familias, tribunales y adoración. Al mismo tiempo, la tierra aparece desolada, las ciudades quemadas y los campos consumidos por extranjeros.
No es sencillo determinar si Isaías describe una invasión particular o reúne imágenes de diferentes ataques sufridos por Judá. Durante su ministerio, la nación experimentó presiones de Siria, Israel, Filistea y, posteriormente, Asiria. En cualquiera de los casos, Jerusalén había quedado como una choza temporal en medio de una viña después de la cosecha: aislada, vulnerable y rodeada de destrucción. Solamente la misericordia divina había evitado que Judá terminara completamente como Sodoma y Gomorra.
Isaías utiliza precisamente los nombres de Sodoma y Gomorra para dirigirse a los gobernantes y habitantes de Jerusalén. No afirma que geográficamente fueran aquellas ciudades, sino que su corrupción moral los había hecho semejantes a ellas. La comparación debió resultar ofensiva para una población orgullosa del templo y de su herencia. Dios demuestra que la identidad religiosa no protege a quienes practican persistentemente la injusticia.
El pueblo continuaba presentando sacrificios, quemando incienso, celebrando lunas nuevas, guardando días de reposo y asistiendo a reuniones solemnes. Todas estas prácticas tenían fundamento en la ley de Moisés. El problema no se encontraba en los actos ordenados por Dios, sino en las manos contaminadas de quienes los realizaban.
“¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos.” (Isaías 1:11)
El Señor incluso declara que no escucharía sus muchas oraciones porque sus manos estaban llenas de sangre. Esto no significa que la oración o el culto hubieran perdido valor. Significa que ninguna ceremonia puede utilizarse para encubrir una vida deliberadamente opuesta al carácter de Dios. La adoración verdadera debía producir obediencia, misericordia y justicia.
Por eso, el llamado al arrepentimiento incluye acciones concretas: lavarse, quitar la maldad, aprender a hacer el bien, buscar la justicia, restituir al agraviado, defender al huérfano y amparar a la viuda. En el mundo antiguo, huérfanos y viudas se encontraban entre los grupos más vulnerables porque frecuentemente carecían de protección económica y representación legal. La condición espiritual de la nación podía medirse, en parte, por la forma en que trataba a quienes poseían menos poder.
Después de la acusación aparece una invitación extraordinaria:
“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.” (Isaías 1:18)
La grana y el carmesí eran tintes intensos difíciles de remover. La imagen comunica que el pecado había penetrado profundamente y no podía limpiarse mediante esfuerzo superficial. Sin embargo, aquello que el ser humano no podía borrar podía ser limpiado por Dios. «Estemos a cuenta» no significa negociar con el Señor como si ambas partes fueran igualmente culpables. Es una invitación a reconocer la evidencia, abandonar la rebelión y aceptar la solución divina.
La respuesta continuaba siendo responsabilidad del pueblo: si aceptaba y obedecía, disfrutaría del bien de la tierra; si rechazaba y permanecía rebelde, sería consumido. La gracia ofrecida no convertía el pecado en algo insignificante. El perdón de Dios llama al pecador a abandonar aquello de lo que está siendo perdonado.
Jerusalén, anteriormente ciudad fiel, se había convertido en una prostituta. La justicia había sido reemplazada por homicidio; la plata se había vuelto escoria y el vino estaba mezclado con agua. Los gobernantes amaban el soborno y no defendían las causas de los vulnerables. Estas imágenes presentan una sociedad que todavía conservaba apariencia de valor, pero cuya integridad había sido adulterada.
Dios anuncia que volverá su mano contra ella para quitar su escoria y restaurar jueces fieles. El juicio, por tanto, no busca únicamente destruir; también purifica. Sion sería rescatada con juicio y los convertidos con justicia. Sin embargo, los rebeldes que abandonaban al Señor serían consumidos. El capítulo concluye denunciando los robles y jardines relacionados probablemente con prácticas idolátricas. Los lugares donde el pueblo esperaba encontrar fertilidad y protección terminarían secos. Quienes reemplazan al Creador con las cosas creadas finalmente comparten la fragilidad de aquello que adoran.
ISAÍAS 2 — EL MONTE DE JEHOVÁ, LA PAZ FUTURA Y LA CAÍDA DEL ORGULLO

Isaías 2 comienza con una visión que contrasta poderosamente con la condición presente de Jerusalén. La ciudad corrupta del capítulo anterior llegará a convertirse, por la obra restauradora de Dios, en un centro desde el cual su enseñanza alcanzará a las naciones.
“Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones.” (Isaías 2:2)
La expresión «lo postrero de los tiempos» dirige la mirada hacia la intervención futura de Dios. El monte del templo no era físicamente el más alto de la región; su exaltación comunica importancia espiritual. Las naciones que antes buscaban poder, protección y dirección en sus dioses acudirán voluntariamente a Jerusalén para aprender la palabra del Señor.
El movimiento resulta notable porque en el antiguo Cercano Oriente los pueblos generalmente atribuían sus victorias y prosperidad a sus propias divinidades. Isaías contempla un futuro en el que muchas naciones reconocerán al Dios de Israel. No llegarán simplemente para admirar una construcción, sino para recibir enseñanza: «Él nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas». El conocimiento verdadero vuelve a estar unido con obediencia.
La ley saldrá de Sion y la palabra de Jehová, de Jerusalén. Dios juzgará entre las naciones y resolverá sus conflictos. Como resultado, las armas serán transformadas en herramientas para cultivar la tierra:
“Y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra.” (Isaías 2:4)
La paz bíblica no consiste solamente en una pausa temporal entre guerras. Surge cuando los pueblos se someten al juicio justo de Dios. Las espadas dejan de ser necesarias porque las causas de la violencia son tratadas por el gobierno divino. Los recursos anteriormente utilizados para destruir vidas se destinan a producir alimento. Esta esperanza encuentra su centro en el reinado del Mesías, el Príncipe de Paz anunciado posteriormente por Isaías.
La visión futura conduce a una exhortación presente: «Venid, oh casa de Jacob, y caminaremos a la luz de Jehová». Si las naciones acudirán un día a esa luz, Judá no debía continuar viviendo en oscuridad. La profecía no fue entregada para satisfacer curiosidad acerca del futuro, sino para transformar la conducta del pueblo en el presente.
Judá se había llenado de influencias orientales, adivinos, riquezas, caballos, carros e ídolos. La ley había advertido al rey contra acumular caballos, plata y oro, porque tales recursos podían producir confianza en el poder humano. Los carros representaban la tecnología militar más poderosa de la época. El problema no era simplemente poseer recursos, sino sustituir la dependencia de Dios con seguridad económica, capacidad militar, superstición e idolatría.
Los ídolos eran obra de las propias manos humanas. El pueblo se inclinaba ante objetos que él mismo había fabricado. Isaías expone la contradicción de crear algo y después tratarlo como señor. La idolatría degrada a la persona porque la coloca por debajo de aquello que debía gobernar.
La expresión «día de Jehová» señala un tiempo de intervención divina en juicio. Todo lo alto y orgulloso sería abatido: cedros del Líbano, encinas de Basán, montes, torres, murallas y naves de Tarsis. Estos elementos representaban fuerza, prestigio, comercio y seguridad. No eran moralmente culpables en sí mismos; funcionan como imágenes de todo aquello que alimentaba la arrogancia humana.
“La altivez de los ojos del hombre será abatida, y la soberbia de los hombres será humillada; y Jehová solo será exaltado en aquel día.” (Isaías 2:11)
Cuando Dios manifieste su gloria, los seres humanos buscarán esconderse en cuevas y agujeros. Arrojarán a los topos y murciélagos los ídolos de plata y oro que antes consideraban valiosos. Aquello que parecía digno de adoración será reconocido como inútil. El capítulo concluye: «Dejaos del hombre, cuyo aliento está en su nariz». La vida humana depende de una respiración que puede cesar en cualquier instante. Confiar definitivamente en el ser humano, en sus sistemas o en su poder equivale a construir la esperanza sobre algo frágil y pasajero.
ISAÍAS 3 — LA DESINTEGRACIÓN SOCIAL PRODUCIDA POR EL PECADO
Isaías 3 describe el juicio de Dios mediante la eliminación del sustento y de los apoyos de Jerusalén y Judá. La escasez de pan y agua puede referirse a las consecuencias de una invasión y un sitio militar. Sin embargo, el texto también menciona la desaparición de gobernantes, guerreros, jueces, profetas, ancianos, consejeros y artesanos. La sociedad pierde tanto sus recursos materiales como las personas capaces de orientarla.
En la cultura antigua, la experiencia y la edad eran normalmente asociadas con autoridad. Cuando Isaías anuncia que jóvenes inexpertos y muchachos caprichosos gobernarán, describe una inversión dolorosa del orden social. No está despreciando a todos los jóvenes ni enseñando que una persona joven sea incapaz de dirigir. Señala una situación en la que la madurez, la sabiduría y la competencia han desaparecido.
El resultado es opresión mutua, falta de respeto y desesperación por encontrar a cualquier persona que acepte gobernar. Alguien puede ser considerado apto para dirigir simplemente porque todavía posee ropa. Sin embargo, el candidato rechaza la responsabilidad porque tampoco cuenta con alimento ni recursos para reparar las ruinas. Cuando el pecado destruye la integridad de una comunidad, el liderazgo deja de entenderse como servicio responsable y se convierte en una carga que nadie preparado quiere asumir.
La causa de la crisis no era misteriosa:
“Pues arruinada está Jerusalén, y Judá ha caído; porque la lengua de ellos y sus obras han sido contra Jehová para irritar los ojos de su majestad.” (Isaías 3:8)
Sus palabras y acciones se oponían abiertamente al Señor. Como Sodoma, publicaban su pecado y no intentaban ocultarlo. La vergüenza había desaparecido, y la rebelión era exhibida como si fuera motivo de orgullo. Isaías no presenta al pueblo como víctima inocente de circunstancias políticas; declara que estaba recogiendo el fruto de sus propias decisiones.
En medio del juicio, Dios distingue entre la persona justa y la impía:
“Decid al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos. ¡Ay del impío! Mal le irá, porque según las obras de sus manos le será pagado.” (Isaías 3:10–11)
Esto no promete que el justo jamás sufrirá dentro de una sociedad corrupta. Los profetas mismos padecieron rechazo y persecución. La declaración enseña que Dios conoce la diferencia entre quienes le obedecen y quienes practican el mal, aunque ambos vivan dentro de la misma nación. El juicio humano puede confundirse, pero el juicio divino considera fielmente la conducta de cada persona.
La referencia a niños como opresores y mujeres como gobernantes debe interpretarse dentro de la imagen de desorden y falta de liderazgo que domina el capítulo. No enseña que toda autoridad femenina sea contraria a Dios; la misma Escritura presenta a Débora como jueza y profetisa levantada para servir a Israel. Isaías denuncia dirigentes incapaces que extravían al pueblo y borran el camino por el cual debía andar.
Dios entra en juicio contra los ancianos y príncipes porque habían devorado la viña y guardaban en sus casas lo robado a los pobres. La viña representa aquí al pueblo confiado a su cuidado. Los dirigentes actuaban como propietarios y explotadores de aquello que debían proteger.
“¿Qué pensáis vosotros que majáis mi pueblo y moléis las caras de los pobres? dice el Señor, Jehová de los ejércitos.” (Isaías 3:15)
La expresión «moléis las caras» comunica opresión severa. Los pobres eran tratados como grano triturado bajo una piedra. Dios considera personal el sufrimiento causado a los vulnerables: no dice solamente «los pobres», sino «mi pueblo». El abuso cometido contra ellos constituye una ofensa contra el Señor que los defiende.
La última parte del capítulo se dirige a las «hijas de Sion», mujeres de la élite de Jerusalén que caminaban con orgullo, buscaban atraer miradas y exhibían numerosos adornos. Isaías menciona ajorcas, redes para el cabello, lunetas, brazaletes, velos, anillos, joyas, mantos, bolsas y otros objetos costosos. El problema no consiste sencillamente en cuidar la apariencia o utilizar algún adorno. La denuncia se relaciona con arrogancia, ostentación y lujo dentro de una sociedad donde los dirigentes estaban despojando a los pobres.
El juicio transformaría perfumes en mal olor, cinturones costosos en cuerdas, cabello arreglado en calvicie y vestidos lujosos en ropa de luto. Muchos hombres morirían en la guerra, y las puertas de la ciudad lamentarían su destrucción. La belleza utilizada para exhibir superioridad no podría detener la invasión. Cuando una sociedad valora más la apariencia que la justicia, su esplendor exterior termina ocultando una profunda ruina espiritual.
ISAÍAS 4 — EL RENUEVO, LA PURIFICACIÓN Y LA PRESENCIA PROTECTORA DE DIOS

Isaías 4:1 continúa la escena de guerra presentada al final del capítulo anterior. La muerte de muchos hombres produciría un grave desequilibrio social. Siete mujeres pedirían llevar el nombre de un hombre, aun estando dispuestas a proveer su propio alimento y vestido, con tal de quitar el reproche asociado culturalmente con permanecer sin matrimonio y sin hijos.
El versículo no establece un modelo matrimonial ni aprueba la poligamia. Describe las consecuencias humillantes de la guerra en una cultura donde la seguridad económica y la posición social de muchas mujeres dependían del hogar al que pertenecían. Aquellas que anteriormente exhibían lujo terminarían buscando desesperadamente protección y reconocimiento.
Entonces el mensaje cambia desde la devastación hacia la esperanza:
“En aquel tiempo el renuevo de Jehová será para hermosura y gloria, y el fruto de la tierra para grandeza y honra, a los sobrevivientes de Israel.” (Isaías 4:2)
La expresión «renuevo de Jehová» puede comunicar inicialmente la renovación de la tierra después del juicio. Sin embargo, dentro del desarrollo de Isaías, la imagen del renuevo adquiere una clara orientación mesiánica. Isaías 11 anunciará una vara del tronco de Isaí y un vástago que retoñará de sus raíces. Isaías 53 describirá al Siervo creciendo como renuevo delante de Dios. Los profetas Jeremías y Zacarías también utilizarán la figura del Renuevo para referirse al Rey justo prometido.
El contraste es significativo: el orgullo humano será destruido, pero Dios hará brotar vida de aquello que parecía terminado. La verdadera hermosura de Sion no procederá de adornos, edificios, poder militar ni riquezas. Procederá de la obra salvadora del Señor y de la presencia de su Rey.
Los sobrevivientes serán llamados santos y estarán inscritos entre los vivientes en Jerusalén. Esta supervivencia no debe entenderse como resultado de superioridad moral o fuerza humana. Son un remanente preservado por la misericordia de Dios. La santidad que caracteriza a la ciudad restaurada surge después de un proceso de limpieza.
“Cuando el Señor lave las inmundicias de las hijas de Sion, y limpie la sangre de Jerusalén de en medio de ella, con espíritu de juicio y con espíritu de devastación.” (Isaías 4:4)
El lavado responde a la invitación del capítulo 1: «Lavaos y limpiaos». El pueblo era responsable de arrepentirse, pero la limpieza definitiva requería la intervención de Dios. El «espíritu de juicio» y «de devastación» presenta la purificación como una obra dolorosa y completa. El Señor no restaura a Jerusalén ignorando su corrupción, sino quitando aquello que la contaminaba.
Después de purificarla, Dios creará sobre el monte de Sion una nube de día y un resplandor de fuego durante la noche. La imagen recuerda el éxodo, cuando la columna de nube y de fuego manifestó la presencia divina, protegió a Israel y guio su camino por el desierto. También recuerda la gloria que llenó el tabernáculo. La futura Jerusalén será protegida no principalmente por murallas o ejércitos, sino por la presencia del Señor.
“Y creará Jehová sobre toda la morada del monte de Sion, y sobre los lugares de sus convocaciones, nube y oscuridad de día, y de noche resplandor de fuego que eche llamas; porque sobre toda gloria habrá un dosel.” (Isaías 4:5)
El «dosel» evoca una cubierta protectora semejante a la utilizada en celebraciones matrimoniales. La gloria divina cubrirá a la comunidad restaurada. Habrá también un abrigo que proporcione sombra contra el calor y refugio frente a la tormenta y la lluvia. En una región de sol intenso y lluvias ocasionalmente destructivas, estas imágenes comunicaban seguridad, descanso y protección.
El capítulo es breve, pero establece una verdad fundamental para todo el libro: el juicio de Dios no constituye su última palabra para quienes se vuelven a Él. Después de la denuncia aparece el Renuevo; después de la suciedad, el lavamiento; después de la pérdida, un remanente; y después de la tormenta, un refugio. Esta esperanza llegará a su plenitud en Jesucristo, quien limpia el pecado, reúne un pueblo santo y ofrece verdadera seguridad bajo su presencia.
PALABRAS CLAVE EN LOS IDIOMAS ORIGINALES
Comprender algunas palabras en su idioma original ayuda a captar la profundidad espiritual del texto. Estas definiciones no sustituyen la Escritura; la iluminan.
יְשַׁעְיָהוּ (Yeshayáhu) — Isaías o «Jehová salva». El nombre del profeta resume el mensaje central del libro: Judá no será salvada por sus riquezas, sus ejércitos ni sus alianzas políticas, sino por la intervención del Señor.
חָזוֹן (Ḥazón) — Visión, revelación o mensaje profético. Isaías 1:1 utiliza este término para describir el mensaje recibido de Dios. No se refiere únicamente a imágenes contempladas por el profeta, sino al conjunto de la revelación que debía comunicar a Judá y Jerusalén.
מִשְׁפָּט (Mishpát) — Juicio, justicia o decisión recta. En Isaías, la justicia no es una idea abstracta. Se manifiesta mediante decisiones correctas, defensa del vulnerable, rechazo del soborno y restauración de aquello que ha sido dañado.
צֶדֶק / צְדָקָה (Tsédeq / Tsedakáh) — Justicia, rectitud o conducta conforme a lo correcto. Estos términos describen el carácter de Dios y la vida que Él demanda de su pueblo. La adoración que no produce justicia contradice al Dios que se adora.
צִיּוֹן (Tsiyón) — Sion. Originalmente se relaciona con la fortaleza de Jerusalén y posteriormente con la ciudad y el lugar de la presencia divina. En Isaías, Sion puede aparecer como ciudad pecadora, comunidad purificada y centro futuro de la enseñanza de Dios.
צֶמַח (Tsémaḥ) — Renuevo, brote o crecimiento nuevo. En Isaías 4:2 comunica vida y hermosura después del juicio. Dentro del mensaje profético, la imagen avanza hacia la esperanza del Rey mesiánico levantado por Dios.
IDEA CENTRAL
Isaías 1–4 revela que Dios rechaza la religiosidad que encubre injusticia, idolatría y orgullo; sin embargo, ofrece limpieza al arrepentido, preserva un remanente y promete establecer mediante el Mesías una comunidad santa, protegida por su presencia y gobernada por su justicia.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
1. ¿Mi adoración está acompañada de obediencia, justicia y misericordia, o intento utilizar las prácticas religiosas para ocultar áreas de mi vida que todavía no deseo entregar a Dios?
2. ¿En qué personas, recursos, capacidades o instituciones he colocado una confianza que solamente debería pertenecer al Señor?
3. ¿Mi manera de tratar a quienes poseen menos poder demuestra el carácter de Dios, o participo silenciosamente en actitudes que explotan, ignoran o humillan al vulnerable?
4. ¿Estoy dispuesto a permitir que Dios confronte y quite mi orgullo, mis ídolos y mis falsas seguridades, aunque su proceso de corrección resulte doloroso?
5. ¿Vivo solamente contemplando la corrupción del presente, o mantengo la esperanza de que Jesucristo puede limpiar, restaurar y producir vida nueva donde parecía existir únicamente ruina?
NOTA PASTORAL
Isaías nos advierte que Dios no se impresiona con ceremonias, palabras o reuniones cuando nuestra conducta niega lo que confesamos. Podemos cantar, orar, ofrendar y conocer el lenguaje de la fe mientras conservamos orgullo, injusticia, falta de misericordia e ídolos ocultos. El Señor no busca una apariencia religiosa cuidadosamente construida, sino un pueblo que escuche su Palabra, abandone el mal, aprenda a hacer el bien y trate con justicia a los demás. Su llamado «venid y estemos a cuenta» continúa siendo una invitación misericordiosa: ningún pecado es demasiado profundo para su limpieza, pero nadie debe confundir su paciencia con aprobación de la rebeldía.
La esperanza anunciada por Isaías encuentra su cumplimiento central en Jesucristo, el Renuevo prometido y el Príncipe de Paz. Él llevó nuestros pecados en la cruz para limpiarnos, reconciliarnos con Dios y formar una comunidad santa. Bajo su gobierno, personas de todas las naciones son llamadas a caminar en la luz del Señor. Cristo no solamente perdona la culpa del pasado; también derriba nuestro orgullo, transforma nuestra manera de vivir y se convierte en refugio seguro frente al juicio que el pecado merece.
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