Sabiduría para vivir, trabajar y temer a Dios antes que llegue el fin.

Eclesiastés 9–12 conduce la reflexión del Predicador hacia su conclusión. Después de examinar la sabiduría, el placer, el trabajo, las riquezas, la injusticia y los límites del conocimiento humano, estos capítulos responden a una pregunta decisiva: ¿cómo debemos vivir mientras desconocemos lo que sucederá mañana y sabemos que inevitablemente moriremos? La respuesta no consiste en abandonar las responsabilidades ni en buscar desesperadamente todos los placeres posibles. El ser humano debe actuar con diligencia, recibir agradecidamente los dones de Dios, recordar a su Creador y prepararse para rendir cuentas delante de Él.
El Predicador no resuelve cada misterio de la existencia. Continúa observando que los justos pueden sufrir, los sabios pueden ser ignorados y las mejores decisiones no siempre producen resultados inmediatos. Sin embargo, la incertidumbre no elimina la responsabilidad. Aunque no podamos controlar el tiempo, los resultados ni el día de nuestra muerte, sí podemos escoger vivir con sabiduría, fidelidad y temor de Dios.
ECLESIASTÉS 9 — LA MUERTE, EL DISFRUTE DE LA VIDA Y EL VALOR DE LA SABIDURÍA
Eclesiastés 9 comienza afirmando que los justos, los sabios y sus obras están en las manos de Dios. Esta declaración no significa que cada acontecimiento sea comprensible ni que las personas fieles estén libres del sufrimiento. Significa que, aun cuando el ser humano desconozca lo que vendrá, su vida no se encuentra fuera del conocimiento y la autoridad divina.
El Predicador observa una realidad que parece profundamente injusta: la muerte alcanza tanto al justo como al impío, al limpio como al inmundo, al que sacrifica como al que no sacrifica. Desde la perspectiva visible «debajo del sol», todos terminan en el sepulcro. La muerte borra muchas diferencias sociales, económicas y políticas que durante la vida parecían decisivas. El rey y el siervo, el rico y el pobre, el sabio y el necio comparten la misma fragilidad corporal.
Esta igualdad ante la muerte no significa que el destino eterno de todas las personas sea idéntico. Eclesiastés observa principalmente lo que sucede en la experiencia terrenal. Su conclusión final afirma que Dios traerá toda obra a juicio. La muerte física alcanza a todos, pero no elimina la distinción moral entre quienes temen a Dios y quienes persisten en la maldad.
El texto declara:
“Aún hay esperanza para todo aquel que está entre los vivos; porque mejor es perro vivo que león muerto.” (Eclesiastés 9:4)
En la cultura del antiguo Cercano Oriente, el león representaba fuerza, nobleza y poder, mientras que el perro no era generalmente la mascota doméstica apreciada en la actualidad, sino un animal asociado con las calles y la impureza. La comparación enseña que una persona viva, aunque sea socialmente insignificante, todavía posee oportunidades que el personaje más poderoso ya fallecido no tiene. Mientras hay vida, existe tiempo para arrepentirse, reconciliarse, servir, corregir decisiones y responder al llamado de Dios.
Cuando Eclesiastés afirma que «los muertos nada saben» y que no tienen más participación en lo que se hace debajo del sol, describe su separación de la actividad terrenal. No está formulando una negación absoluta de la existencia después de la muerte. El propio libro declara que el espíritu vuelve a Dios que lo dio y que todas las obras serán juzgadas (Ec. 12:7, 14). Los muertos ya no trabajan, planifican, aman, odian ni participan en los asuntos de esta vida.
Precisamente porque la existencia terrenal es limitada, el Predicador llama a disfrutar responsablemente sus dones:
“Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios.” (Eclesiastés 9:7)
El llamado no promueve borrachera, materialismo ni una vida indiferente a la santidad. El pan, la bebida, la ropa limpia, el cuidado personal, el matrimonio y el trabajo representan las bendiciones ordinarias que con frecuencia dejamos de apreciar mientras buscamos algo extraordinario. El Predicador invita al lector que vive bajo la aprobación divina a abandonar la ansiedad que le impide agradecer.
Disfrutar la vida con la esposa amada reconoce el matrimonio como compañía y don de Dios dentro de una existencia breve. La expresión «todos los días de la vida de tu vanidad» no desprecia el matrimonio; recuerda que aun las relaciones más preciosas deben cuidarse mientras existe oportunidad. El amor no debe posponerse indefinidamente mientras el trabajo, la ambición o las preocupaciones consumen los años.
La brevedad de la vida también exige diligencia:
“Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría.” (Eclesiastés 9:10)
El versículo no enseña que debamos realizar impulsivamente cualquier deseo. Se refiere a las responsabilidades y oportunidades legítimas que Dios ha colocado delante de nosotros. La muerte terminará nuestra participación en las tareas de este mundo. Por eso, debemos servir, trabajar y hacer el bien ahora, en lugar de vivir esperando condiciones perfectas que quizá nunca lleguen.
Sin embargo, trabajar diligentemente no garantiza que siempre obtendremos el resultado esperado. El Predicador observa que la carrera no pertenece necesariamente a los ligeros, ni la batalla a los fuertes, ni el pan a los sabios. El «tiempo y ocasión» alcanzan a todos. Una enfermedad, una crisis, una injusticia o una circunstancia inesperada puede alterar incluso los planes mejor preparados. Esto no convierte la disciplina en algo inútil. La sabiduría aumenta nuestras posibilidades de actuar correctamente, pero no nos concede dominio absoluto sobre los resultados.
El capítulo termina narrando el caso de una ciudad pequeña amenazada por un rey poderoso. Un hombre pobre y sabio encontró la manera de librarla, pero después nadie recordó a aquel hombre. Su sabiduría salvó a muchos, aunque no le proporcionó reconocimiento permanente. El relato demuestra que la sabiduría puede ser más poderosa que las armas y, al mismo tiempo, ser despreciada cuando procede de alguien sin influencia social.
El creyente no debe medir el valor de su servicio únicamente por el reconocimiento recibido. Muchas acciones fieles son olvidadas por las personas, pero permanecen delante de Dios. La falta de aplausos no convierte en inútil aquello que fue realizado con sabiduría, amor y obediencia.
ECLESIASTÉS 10 — PEQUEÑAS NECEDADES, PALABRAS PELIGROSAS Y LIDERAZGO IRRESPONSABLE

Eclesiastés 10 presenta una serie de observaciones prácticas acerca de la sabiduría y la necedad. El capítulo muestra que una pequeña acción insensata puede destruir una reputación construida durante años:
“Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable.” (Eclesiastés 10:1)
En la antigüedad, los perfumes y ungüentos exigían ingredientes valiosos y una cuidadosa preparación. Bastaban algunas moscas muertas para contaminar toda la mezcla. De manera semejante, una decisión necia puede dañar el buen nombre de una persona respetada. El texto no enseña que un error haga imposible la restauración, sino que advierte contra la confianza excesiva. La experiencia, el ministerio o la reputación no vuelven a nadie inmune a la tentación.
David fue reconocido como hombre conforme al corazón de Dios, pero su pecado con Betsabé trajo graves consecuencias a su familia y proporcionó ocasión para que los enemigos blasfemaran. Salomón recibió sabiduría extraordinaria, pero sus alianzas matrimoniales y su tolerancia de la idolatría desviaron su corazón. Cuanto mayor sea la influencia de una persona, mayor cuidado debe tener con aquellas decisiones que parecen pequeñas pero pueden afectar a muchos.
El Predicador afirma que el corazón del sabio está a su mano derecha y el del necio a su izquierda. En el lenguaje cultural de la época, la derecha representaba habilidad, fortaleza y dirección favorable. El texto no condena a las personas zurdas. Enseña que la sabiduría orienta correctamente, mientras la necedad conduce en dirección equivocada. El necio revela su falta de juicio aun cuando camina, porque su conducta termina manifestando lo que existe en su interior.
Frente al enojo de un gobernante, el consejo es no abandonar apresuradamente el puesto, porque la mansedumbre puede detener grandes ofensas. Esto no obliga a permanecer indefinidamente bajo abuso ni prohíbe denunciar la injusticia. Recomienda evitar reacciones impulsivas que empeoren el conflicto. La calma puede abrir una oportunidad para aclarar una acusación, corregir un error o impedir que la ira determine el resultado.
El Predicador también observa un desorden social: necios colocados en posiciones elevadas y personas capaces ocupando lugares inferiores. En ocasiones, quienes poseen poder promueven a individuos incompetentes por favoritismo, conveniencia o lealtad personal, mientras ignoran a quienes poseen carácter y preparación. El problema no es solamente administrativo. Cuando la autoridad se distribuye irresponsablemente, toda la comunidad sufre sus consecuencias.
El capítulo presenta después varios ejemplos de riesgos relacionados con el trabajo. Quien cava un hoyo puede caer en él, quien rompe un muro puede ser mordido por una serpiente, y quien corta piedras o parte leña puede resultar herido. La sabiduría no elimina todos los peligros, pero enseña a reconocerlos y prepararse para ellos.
“Si se embotare el hierro, y su filo no fuere amolado, hay que añadir entonces más fuerza; pero la sabiduría es provechosa para dirigir.” (Eclesiastés 10:10)
Un hacha sin filo exige mayor esfuerzo y aumenta el peligro. Detenerse para afilarla puede parecer una demora, pero hace el trabajo más eficiente y seguro. El principio se aplica a la preparación, el aprendizaje y la planificación. Quien nunca se detiene para evaluar sus métodos termina gastando fuerzas innecesariamente.
En el ministerio, la buena intención no sustituye la preparación bíblica; en la familia, el amor no elimina la necesidad de aprender a comunicarse; en el trabajo, la energía no compensa indefinidamente la falta de organización. La sabiduría no evita el esfuerzo, sino que dirige el esfuerzo para que produzca un resultado mejor.
Las palabras constituyen otra diferencia entre el sabio y el necio:
“Las palabras de la boca del sabio son llenas de gracia, mas los labios del necio causan su propia ruina.” (Eclesiastés 10:12)
La conversación del necio comienza con insensatez y termina en perjudicial desvarío. Habla abundantemente sobre el futuro aunque desconoce lo que sucederá. Sus palabras no solamente lastiman a otros; finalmente lo destruyen a él mismo. Santiago enseña que la lengua puede incendiar un bosque entero y que quien domina sus palabras demuestra madurez (Stg. 3:2–6).
El capítulo concluye contrastando dos clases de liderazgo. Una nación sufre cuando su rey carece de madurez y sus príncipes utilizan el día para satisfacer sus apetitos. En cambio, es bienaventurada cuando sus gobernantes poseen carácter y comen a su hora para reponer fuerzas, no para entregarse al desenfreno. La condena no recae sobre la alimentación ni la celebración, sino sobre dirigentes dominados por el placer y despreocupados por sus obligaciones.
La pereza de quienes gobiernan permite que el edificio se deteriore hasta que el techo comienza a gotear. Lo que no se atiende oportunamente termina convirtiéndose en una crisis. Esto se aplica tanto a las instituciones como a la vida espiritual. Los problemas ignorados rara vez desaparecen por sí solos; generalmente crecen mientras esperamos que otra persona los resuelva.
ECLESIASTÉS 11 — GENEROSIDAD, DILIGENCIA Y GOZO RESPONSABLE
Eclesiastés 11 enseña cómo actuar frente a un futuro incierto. El desconocimiento no debe producir inmovilidad, sino una combinación de prudencia, generosidad y diligencia.
“Echa tu pan sobre las aguas; porque después de muchos días lo hallarás.” (Eclesiastés 11:1)
La expresión ha sido interpretada como una referencia al comercio marítimo, en el que la mercancía enviada tardaba mucho tiempo en regresar convertida en ganancia, y también como una exhortación a la generosidad cuyo fruto puede aparecer posteriormente. Ambas ideas comparten un principio: la persona debe estar dispuesta a entregar algo en el presente sin controlar inmediatamente su resultado.
Dar porción a siete y aun a ocho sugiere amplitud y diversificación. Nadie conoce qué calamidad puede venir sobre la tierra. Por eso, no es prudente concentrar todos los recursos, relaciones o esfuerzos en una sola posibilidad. En su dimensión moral, el pasaje también anima a compartir con otros mientras tenemos oportunidad. Quien ayuda al necesitado puede estar formando una comunidad capaz de sostenerlo cuando llegue su propio día de dificultad.
El Predicador reconoce que existen circunstancias que no podemos cambiar. Cuando las nubes están llenas, derraman lluvia; cuando un árbol cae, permanece en el lugar donde cayó. La sabiduría distingue entre aquello que podemos modificar y aquello que debemos aceptar. Gastar toda nuestra energía luchando contra una realidad irreversible puede impedirnos responder correctamente a las oportunidades presentes.
Una de las advertencias más conocidas del capítulo declara:
“El que al viento observa, no sembrará; y el que mira a las nubes, no segará.” (Eclesiastés 11:4)
El agricultor debe observar el clima, pero si exige condiciones absolutamente perfectas nunca sembrará ni cosechará. Siempre encontrará una nube amenazante, un viento inconveniente o una razón para esperar un poco más. El texto no condena la planificación; confronta la parálisis producida por el temor y el perfeccionismo.
Muchas responsabilidades importantes se postergan bajo la promesa de un momento ideal: servir cuando haya más tiempo, reconciliarse cuando disminuya el enojo, comenzar un proyecto cuando desaparezcan todos los riesgos o buscar a Dios cuando la vida sea menos complicada. La prudencia calcula los riesgos; el temor desordenado utiliza los riesgos como excusa para no obedecer.
El Predicador compara nuestro desconocimiento del futuro con el misterio de la formación de un niño en el vientre de su madre:
“Como tú no sabes cuál es el camino del viento, o cómo crecen los huesos en el vientre de la mujer encinta, así ignoras la obra de Dios, el cual hace todas las cosas.” (Eclesiastés 11:5)
Aun con los avances científicos que permiten observar detalladamente el desarrollo prenatal, la vida continúa revelando una complejidad que supera el control humano. Podemos estudiar procesos y comprender mecanismos, pero no dominamos completamente la obra de Dios. La ignorancia parcial debe producir humildad, no inactividad.
Por eso, el consejo es sembrar por la mañana y no dejar reposar la mano por la tarde, porque desconocemos cuál esfuerzo prosperará. Algunos trabajos darán fruto y otros no, pero quien nunca siembra garantiza que no tendrá cosecha. Pablo utiliza un principio semejante al exhortar a los creyentes a no cansarse de hacer el bien, porque a su tiempo segarán si no desmayan (Gá. 6:9).
La luz es agradable y la vida debe recibirse con gratitud. Si una persona vive muchos años, puede alegrarse en ellos, pero también debe recordar que vendrán días de oscuridad. El gozo bíblico no depende de negar el dolor ni de imaginar que la juventud durará para siempre. Disfruta el presente sin olvidar su brevedad.
El capítulo se dirige especialmente al joven:
“Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios.” (Eclesiastés 11:9)
La primera parte podría parecer una autorización para seguir cualquier deseo, pero la advertencia final establece el límite. El joven puede disfrutar la fuerza, las oportunidades y las alegrías propias de su etapa, pero no debe confundir libertad con ausencia de responsabilidad. Cada decisión se toma delante de Dios.
La juventud no debe vivirse dominada por una culpa enfermiza, pero tampoco desperdiciarse en placeres que destruyen el carácter. El verdadero gozo puede presentarse delante del juicio de Dios sin necesidad de ocultarse. Aquello que solo puede disfrutarse olvidando a Dios terminará convirtiéndose en esclavitud, vergüenza o dolor.
ECLESIASTÉS 12 — RECORDAR AL CREADOR Y PREPARARSE PARA EL JUICIO

El capítulo final continúa hablando a los jóvenes, pero su mensaje alcanza a toda persona:
“Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento.” (Eclesiastés 12:1)
«Acordarse» significa mucho más que conservar una idea mental acerca de Dios. En el lenguaje bíblico implica reconocer su autoridad, vivir en relación con Él y responder mediante la obediencia. Israel debía recordar al Señor para no atribuir su prosperidad a sus propias fuerzas. El joven debe recordar a su Creador antes de que los hábitos se endurezcan y disminuyan las oportunidades.
El texto no enseña que la vejez carezca de valor ni que una persona anciana no pueda convertirse, crecer o servir. Abraham, Moisés y Caleb realizaron tareas importantes durante sus años avanzados. La advertencia se dirige contra la idea de entregar a Dios únicamente los restos de una vida consumida en otros propósitos. Dios merece la fuerza de la juventud, la experiencia de la madurez y la fidelidad de la vejez.
Eclesiastés 12 describe poéticamente el deterioro del cuerpo. El oscurecimiento del sol, la luz, la luna y las estrellas representa la llegada de días difíciles. Los «guardas de la casa» que tiemblan pueden aludir a las manos y brazos; los «hombres fuertes» que se encorvan, a las piernas; las «muelas» que cesan por haber disminuido, a los dientes; y quienes miran por las ventanas y son oscurecidos, a los ojos.
Las puertas que se cierran, el ruido débil de la molienda, el despertar con el sonido de un ave y el debilitamiento de las hijas del canto describen la pérdida de fuerza, sueño y capacidad auditiva. El temor a las alturas y a los peligros del camino muestra la creciente vulnerabilidad. El almendro florecido probablemente representa el cabello blanco; la langosta que se arrastra con dificultad, el cuerpo que ha perdido agilidad; y la pérdida del apetito señala el debilitamiento de los deseos corporales.
Estas imágenes no ridiculizan a los ancianos. Presentan con extraordinaria sensibilidad el proceso mediante el cual el cuerpo pierde capacidades. También enseñan a los jóvenes a mirar la vejez con respeto y compasión. La persona anciana continúa poseyendo dignidad porque sigue siendo criatura hecha a imagen de Dios, aunque necesite ayuda para realizar tareas que anteriormente cumplía por sí misma.
La descripción conduce finalmente a la muerte: el ser humano va a su morada eterna y los endechadores recorren las calles. El cordón de plata se rompe, el cuenco de oro se quiebra, el cántaro se rompe junto a la fuente y la rueda se rompe sobre el pozo. Estas imágenes comunican el carácter precioso y frágil de la vida. Cuando el mecanismo que sostenía la existencia se detiene, ningún recurso humano puede restaurarlo.
Entonces se cumple lo anunciado desde Génesis:
“Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.” (Eclesiastés 12:7)
El cuerpo procede del polvo y regresa a él, pero el espíritu vuelve a Dios. La muerte no representa simplemente una disolución impersonal. Cada persona vuelve al Creador y queda bajo su autoridad. Esta declaración prepara la enseñanza final acerca del juicio y demuestra que Eclesiastés no limita toda la existencia humana al sepulcro.
Después de repetir «vanidad de vanidades», el libro describe al Predicador como alguien sabio que enseñó conocimiento al pueblo. Investigó, ordenó proverbios y procuró hallar palabras agradables, pero también rectas y verdaderas. La comunicación de la verdad requiere tanto fidelidad como cuidado. La verdad no debe deformarse para resultar agradable, pero tampoco debe presentarse de manera descuidada o innecesariamente ofensiva.
“Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones, dadas por un Pastor.” (Eclesiastés 12:11)
Los aguijones dirigían al animal que se desviaba y los clavos proporcionaban firmeza. De igual manera, la enseñanza sabia despierta, corrige, orienta y establece convicciones. Puede incomodar como un aguijón, pero su propósito no es herir, sino conducir correctamente. Las palabras verdaderamente sabias proceden, en último término, de un solo Pastor: Dios, fuente de toda verdad.
El Predicador también advierte que hacer muchos libros no tiene fin y que el mucho estudio fatiga el cuerpo. No está condenando la lectura, la investigación ni la preparación académica; él mismo buscó, examinó y ordenó cuidadosamente su enseñanza. Advierte que la acumulación ilimitada de información nunca sustituirá la obediencia. Una persona puede estudiar numerosos argumentos sobre el propósito de la vida y aun así evitar la conclusión que ya conoce.
El libro termina respondiendo de manera directa a la búsqueda desarrollada desde el primer capítulo:
“El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.” (Eclesiastés 12:13)
Temer a Dios significa reconocer su santidad, autoridad y derecho sobre toda la existencia. Guardar sus mandamientos demuestra que ese temor no es solamente una emoción religiosa. El propósito humano no se encuentra en acumular bienes, perseguir placeres, conquistar reconocimiento ni comprender cada misterio. Se encuentra en vivir delante del Creador con reverencia y obediencia.
La razón final es solemne:
“Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala.” (Eclesiastés 12:14)
Nada queda definitivamente oculto. Las obras ignoradas por las personas son conocidas por Dios; también los pecados secretos y las motivaciones escondidas. El juicio divino otorga significado moral a decisiones que podrían parecer insignificantes. La vida no es una sucesión de acontecimientos sin propósito, porque cada persona responderá delante de su Creador.
El Nuevo Testamento revela que este juicio ha sido confiado a Jesucristo. Él conoce lo secreto, juzgará con justicia y también ofrece perdón a quienes se arrepienten y creen. La conclusión de Eclesiastés no invita a una desesperación temerosa, sino a abandonar la autosuficiencia, volvernos a Dios y vivir responsablemente bajo su autoridad.
PALABRAS CLAVE EN LOS IDIOMAS ORIGINALES
Comprender algunas palabras en su idioma original ayuda a captar la profundidad espiritual del texto. Estas definiciones no sustituyen la Escritura; la iluminan.
מִקְרֶה (Miqréh) — Suceso, acontecimiento o circunstancia que sobreviene. En Eclesiastés 9 se utiliza para describir experiencias que, desde la limitada perspectiva humana, alcanzan por igual a diferentes personas. No significa que Dios haya perdido el control, sino que nosotros no podemos predecir ni explicar cada acontecimiento.
חֵלֶק (Ḥéleq) — Porción, parte o participación asignada. Describe los bienes, relaciones y trabajos que una persona recibe durante su vida. La sabiduría reconoce esta porción como don de Dios y la disfruta sin convertirla en un ídolo.
סִכְלוּת (Sikhlút) — Necedad, insensatez o conducta carente de juicio. En Eclesiastés 10 representa la pequeña locura capaz de dañar una reputación honorable. La necedad bíblica no es falta de inteligencia, sino rechazo práctico de la sabiduría y del gobierno de Dios.
זָרַע (Zāra‘) — Sembrar o esparcir semilla. En Eclesiastés 11 expresa la acción diligente realizada sin conocer completamente el resultado. Enseña a trabajar, dar y obedecer aun cuando el fruto no sea inmediato.
זָכַר (Zākhar) — Recordar, tener presente y actuar de acuerdo con ello. En Eclesiastés 12:1, recordar al Creador significa reconocerlo activamente durante toda la vida, no limitarse a pensar ocasionalmente en su existencia.
בּוֹרֵא (Boré’) — Creador, el que da existencia. El término presenta a Dios como origen y dueño de la vida. Debido a que Él nos creó, posee autoridad para definir nuestro propósito y pedir cuenta de nuestras obras.
IDEA CENTRAL
Debemos vivir con diligencia, gratitud y sabiduría mientras tenemos oportunidad, porque la vida es breve, los resultados permanecen fuera de nuestro control y cada persona comparecerá finalmente delante de su Creador.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
1. Si reconozco que mi vida es breve, ¿qué responsabilidad, reconciliación o acto de obediencia necesito dejar de posponer?
2. ¿Estoy disfrutando agradecidamente los dones ordinarios de Dios o permito que la preocupación por el futuro me impida reconocerlos?
3. ¿Existe alguna «pequeña necedad» que estoy tolerando y que podría dañar mi carácter, mi familia, mi ministerio o mi testimonio?
4. ¿Estoy esperando condiciones perfectas para comenzar una tarea que Dios ya ha colocado delante de mí?
5. ¿Mis decisiones presentes demuestran que recuerdo a mi Creador y que estoy preparado para rendir cuentas delante de Él?
NOTA PASTORAL
Eclesiastés termina recordándonos que no debemos esperar hasta la vejez, la enfermedad o una crisis para buscar a Dios. La vida avanza con rapidez, el cuerpo pierde fuerzas y muchas oportunidades no regresan. Hoy todavía podemos amar, servir, perdonar, sembrar, corregir nuestros caminos y disfrutar agradecidamente la porción que Dios nos concede. La incertidumbre del mañana no debe paralizarnos; debe impulsarnos a vivir fielmente durante el día que hemos recibido.
Jesucristo entró en nuestra existencia pasajera, experimentó el trabajo, el cansancio, el dolor y la muerte, pero resucitó venciendo el sepulcro. En Él encontramos perdón para nuestras obras malas, propósito para nuestro servicio y esperanza más allá de lo que sucede debajo del sol. Recordar al Creador alcanza su expresión plena cuando confiamos en Cristo, obedecemos su Palabra y vivimos cada etapa de la vida preparados para encontrarnos con Él.
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