Los peregrinos levantan sus ojos hacia Jerusalén con la esperanza puesta en el Señor.

Los Salmos 120–134 conforman la colección conocida como los Cánticos Graduales o Cánticos de Ascenso. Eran himnos que los israelitas entonaban mientras subían a Jerusalén para celebrar las principales fiestas establecidas por Dios (Dt. 16:16). La ciudad santa se encontraba sobre las montañas de Judá, de modo que, sin importar la dirección desde donde viajaran, todos «subían» a Jerusalén. Este recorrido físico también representaba un ascenso espiritual: cada paso recordaba que la comunión con Dios requiere abandonar aquello que nos aparta de Él y dirigir el corazón hacia su presencia.
Los tres salmos de esta lectura presentan las primeras etapas de ese peregrinaje. El Salmo 120 expresa el clamor de quien vive rodeado por un mundo hostil; el Salmo 121 proclama la confianza absoluta en el Dios que guarda a su pueblo durante el camino; y el Salmo 122 celebra finalmente la llegada a Jerusalén, donde la comunidad se reúne para adorar al Señor. La vida cristiana refleja este mismo recorrido: comenzamos caminando entre las dificultades del mundo, avanzamos sostenidos por el cuidado de Dios y perseveramos con la esperanza puesta en la Jerusalén celestial.
SALMO 120 — EL CLAMOR DEL PEREGRINO EN MEDIO DE UN MUNDO HOSTIL
El primero de los Cánticos Graduales comienza con una oración nacida del sufrimiento. El salmista vive rodeado de personas que aman la mentira y la violencia, por lo que acude al Señor buscando justicia y consuelo.
«A Jehová clamé estando en angustia, y él me respondió.» (Salmo 120:1)
La vida del creyente no transcurre en un ambiente perfecto. Desde los días del Antiguo Testamento, el pueblo de Dios ha convivido con una sociedad que muchas veces rechaza la verdad y desprecia la justicia. El peregrino aprende que su primer recurso no es la desesperación, sino la oración.
El salmista pide ser librado de los labios mentirosos y de la lengua engañosa. La mentira destruye la confianza, divide a las personas y provoca conflictos innecesarios. En contraste, Dios ama la verdad y juzga toda forma de falsedad.
Posteriormente menciona a Mesec y Cedar, dos regiones lejanas que simbolizan pueblos hostiles al Señor. Más que señalar un lugar específico de residencia, representan la sensación de vivir entre personas cuyos valores son completamente opuestos a los de Dios.
«Yo soy pacífico; mas ellos, así que hablo, me hacen guerra.» (Salmo 120:7)
El creyente desea la paz, pero comprende que seguir a Dios puede despertar oposición. La fidelidad al Señor no siempre evita los conflictos, pero sí preserva la paz interior de quienes confían en Él.
Cristo experimentó esta misma realidad. Vino como el Príncipe de Paz, pero fue rechazado por quienes endurecieron su corazón. Sus discípulos también son llamados a vivir como instrumentos de paz en medio de un mundo marcado por la violencia y el engaño.
SALMO 121 — EL SEÑOR ES EL GUARDADOR DE SU PUEBLO
Después del clamor del Salmo 120, el peregrino dirige ahora su mirada hacia las montañas que rodean Jerusalén. Algunos consideran que observa los montes buscando la ciudad santa; otros entienden que contempla las alturas donde los pueblos paganos levantaban altares idolátricos. En cualquier caso, la respuesta permanece inalterable.
«Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra.» (Salmo 121:1–2)
La ayuda del creyente nunca depende de las circunstancias ni de los recursos humanos, sino del Dios Creador que gobierna sobre toda la creación. Él no solo posee poder para salvar, sino que permanece constantemente atento al cuidado de su pueblo.
A lo largo del salmo aparece repetidamente el verbo «guardar». El Señor guarda los pasos de sus hijos, guarda su salida y su entrada, guarda sus vidas y nunca duerme. Mientras los guardianes humanos necesitan descansar, el Dios de Israel vela continuamente por quienes pertenecen a Él.
«He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel.» (Salmo 121:4)
El sol y la luna representan aquí los peligros del día y de la noche. El salmista afirma que Dios protege a su pueblo en toda circunstancia. Esta promesa no significa que el creyente nunca enfrentará dificultades, sino que nada escapará al control soberano del Señor ni podrá frustrar sus propósitos para quienes confían en Él.
La última declaración resume todo el salmo.
«Jehová guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre.» (Salmo 121:8)
Jesucristo confirmó esta verdad al presentarse como el Buen Pastor que cuida de sus ovejas y afirmó que nadie puede arrebatarlas de su mano (Jn. 10:27–29). La seguridad del creyente descansa finalmente en el cuidado constante del Señor.
SALMO 122 — EL GOZO DE LLEGAR A LA CASA DEL SEÑOR

El tercer cántico cambia nuevamente de tono. El peregrino ya contempla Jerusalén y expresa la alegría de haber llegado al lugar donde el pueblo se reúne para adorar.
«Yo me alegré con los que me decían: A la casa de Jehová iremos.» (Salmo 122:1)
La adoración nunca fue concebida como una experiencia aislada. Desde el Antiguo Testamento, Dios llamó a su pueblo a congregarse para ofrecer juntos alabanza, gratitud y obediencia. El gozo del salmista no consiste únicamente en visitar una ciudad, sino en encontrarse con Dios junto a su pueblo.
Jerusalén aparece descrita como una ciudad bien edificada y unida entre sí. Más allá de su estructura física, simboliza la unidad espiritual del pueblo del pacto. Allí subían las tribus para dar gracias al nombre del Señor y reconocer su gobierno sobre la nación.
El salmista también invita a orar por la paz de Jerusalén.
«Pedid por la paz de Jerusalén; sean prosperados los que te aman.» (Salmo 122:6)
Esta petición no se limita a la ausencia de conflictos militares. La palabra hebrea shalom describe una paz integral que incluye bienestar, justicia, armonía y comunión con Dios. El deseo del salmista es que Jerusalén permanezca como el lugar donde el pueblo viva bajo el gobierno del Señor.
Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, Jerusalén anticipa una realidad mucho mayor. La Iglesia constituye hoy el pueblo reunido por Cristo, y la esperanza final apunta hacia la Nueva Jerusalén, donde Dios habitará eternamente con los redimidos (Ap. 21:1–4). La peregrinación del creyente culminará cuando toda la Iglesia adore para siempre en la presencia del Señor.
PALABRAS CLAVE EN LOS IDIOMAS ORIGINALES
Comprender algunas palabras en su idioma original ayuda a captar la profundidad espiritual del texto. Estas definiciones no sustituyen la Escritura; la iluminan.
מַעֲלוֹת (Maʿalôt) — Ascensos, subidas. Título de esta colección de salmos. Hace referencia tanto al ascenso físico hacia Jerusalén como al crecimiento espiritual del creyente.
שָׁמַר (Shāmar) — Guardar, proteger. Verbo que aparece repetidamente en el Salmo 121 para describir el cuidado constante de Dios sobre su pueblo.
שָׁלוֹם (Shālôm) — Paz. Expresa una paz completa que incluye bienestar, integridad, comunión con Dios y relaciones restauradas.
IDEA CENTRAL
La vida del creyente es un peregrinaje sostenido por el cuidado constante de Dios, quien guarda a su pueblo hasta conducirlo con gozo a su presencia.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
- ¿Acudo al Señor en oración cuando enfrento oposición o intento resolverlo únicamente con mis propias fuerzas?
- ¿Estoy confiando verdaderamente en que Dios guarda mi vida cada día?
- ¿Valoro el privilegio de congregarme con el pueblo de Dios para adorarle?
- ¿Soy un instrumento de paz en medio de un mundo marcado por el conflicto?
- ¿Vivo recordando que mi ciudadanía definitiva está en la presencia eterna del Señor?
NOTA PASTORAL
Los primeros Cánticos Graduales nos recuerdan que la vida cristiana es un camino de peregrinación. Habrá momentos de oposición, incertidumbre y cansancio, pero el Señor nunca abandona a quienes caminan confiando en Él. Así como acompañó a los peregrinos que ascendían a Jerusalén, hoy también sostiene a su Iglesia mientras avanza hacia el cumplimiento de sus promesas.
Jesucristo recorrió el camino de la obediencia perfecta hasta Jerusalén, donde entregó su vida para abrirnos el acceso definitivo a la presencia del Padre. Gracias a su obra, nuestra peregrinación ya no termina en una ciudad terrenal, sino en la esperanza gloriosa de la Nueva Jerusalén, donde disfrutaremos para siempre de la comunión con Dios. Mientras llega ese día, caminemos con la certeza de que el Señor guarda nuestros pasos y permanece fiel en cada etapa del camino.
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