DÍA 205 – SALMO 118 (RV-1960)

La piedra rechazada se convierte en el fundamento de la salvación.

La salvación descansa sobre la piedra que Dios escogió, no sobre la que el hombre aprobó.

El Salmo 118 constituye el grandioso cierre del Hallel Egipcio (Salmos 113–118), los himnos que Israel entonaba durante las grandes fiestas nacionales, especialmente la Pascua. Su mensaje combina gratitud, confianza, victoria y esperanza, recordando que la misericordia del Señor sostiene a su pueblo en todas las circunstancias. No es casualidad que este salmo ocupe un lugar privilegiado tanto en la liturgia judía como en el Nuevo Testamento, pues anuncia con extraordinaria claridad la obra del Mesías prometido.

Este es uno de los salmos más citados por Jesús y los apóstoles. Sus palabras acompañaron la entrada triunfal del Señor en Jerusalén, inspiraron la predicación apostólica y revelan que la victoria definitiva de Dios no se alcanzaría mediante el poder militar, sino a través del rechazo, el sacrificio y la exaltación de Jesucristo. Lo que para muchos parecía una derrota terminaría convirtiéndose en el fundamento de la salvación para toda la humanidad.


SALMO 118 — EL TRIUNFO DEL DIOS QUE SALVA

El salmo comienza con una invitación que se repite como un estribillo a lo largo de toda la composición:

«Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia.» (Salmo 118:1)

La bondad y la misericordia del Señor constituyen el fundamento de toda verdadera adoración. El término hebreo ḥésed expresa el amor fiel con el que Dios permanece unido a su pueblo mediante el pacto. No se trata de un sentimiento pasajero, sino de un compromiso permanente nacido del propio carácter de Dios. La historia de Israel demostraba una y otra vez que la fidelidad divina permanecía firme aun cuando el pueblo era inconstante.

Después de esta proclamación inicial, el salmista recuerda cómo clamó al Señor en medio de la angustia y fue escuchado. La confianza no nace de una teoría, sino de la experiencia de haber visto la mano de Dios actuando en tiempos difíciles. El creyente descubre que la paz no depende de la ausencia de problemas, sino de la certeza de que Dios gobierna sobre ellos.

«Desde la angustia invoqué a JAH, y me respondió JAH, poniéndome en lugar espacioso.» (Salmo 118:5)

Esta confianza conduce a una de las afirmaciones más conocidas del salmo:

«Jehová está conmigo; no temeré lo que me pueda hacer el hombre.» (Salmo 118:6)

En una época marcada por guerras, amenazas y constantes conflictos entre naciones, estas palabras recordaban que la verdadera seguridad nunca dependía del tamaño de un ejército ni de las alianzas políticas. Quien tiene al Señor como defensor posee una seguridad que ninguna circunstancia puede destruir. Esta enseñanza continúa siendo profundamente actual en un mundo donde el miedo, la incertidumbre y la ansiedad dominan el corazón de muchas personas.

El salmista incluso establece una comparación que resume toda una filosofía de vida espiritual.

«Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre. Mejor es confiar en Jehová que confiar en príncipes.» (Salmo 118:8–9)

La Escritura no condena la ayuda humana ni el ejercicio legítimo de la autoridad, pero enseña que ninguna persona puede ocupar el lugar que corresponde únicamente a Dios. Cuando la confianza absoluta se deposita en líderes, recursos económicos o capacidades personales, tarde o temprano sobreviene la decepción. Solo el Señor permanece inmutable y digno de absoluta confianza.

La segunda parte del salmo describe la victoria concedida por Dios sobre los enemigos. El lenguaje refleja las celebraciones nacionales después de una gran liberación, pero detrás del triunfo militar se encuentra una verdad mucho más profunda: es Dios quien pelea por su pueblo y quien convierte la aparente derrota en victoria.

«La diestra de Jehová hace proezas.» (Salmo 118:16)

Sin embargo, el momento culminante del salmo aparece en los versículos 22 y 23, considerados una de las profecías mesiánicas más importantes del Antiguo Testamento.

«La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo. De parte de Jehová es esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos.» (Salmo 118:22–23)

Originalmente, esta imagen expresaba cómo Dios había escogido aquello que los hombres despreciaban para convertirlo en el elemento principal de su obra. Jesús aplicó directamente estas palabras a sí mismo después de la parábola de los labradores malvados (Mt. 21:42; Mr. 12:10–11; Lc. 20:17). Los dirigentes religiosos rechazaron al Mesías, pero Dios lo exaltó como el fundamento de su Reino. Pedro retomó esta misma enseñanza delante del Sanedrín (Hch. 4:11), afirmando que Cristo es la piedra angular sobre la cual descansa la salvación, y el apóstol Pablo desarrolló esta verdad al presentar a Cristo como el fundamento de la Iglesia (Ef. 2:20).

El salmo continúa con otra declaración profundamente significativa:

«Este es el día que hizo Jehová; nos gozaremos y alegraremos en él.» (Salmo 118:24)

Aunque con frecuencia este versículo se aplica a cada nuevo día que Dios concede, dentro del contexto del salmo hace referencia al día de la victoria y de la intervención salvadora del Señor. Desde la perspectiva cristiana, encuentra su máxima expresión en la resurrección de Jesucristo, cuando Dios transformó la aparente derrota de la cruz en el triunfo definitivo sobre el pecado y la muerte.

La celebración alcanza su punto culminante con una petición que siglos después resonaría en las calles de Jerusalén durante la entrada triunfal de Jesús.

«Oh Jehová, sálvanos ahora, te ruego… Bendito el que viene en el nombre de Jehová.» (Salmo 118:25–26)

La expresión «sálvanos ahora» corresponde al término hebreo hoshía na, del cual proviene la palabra ¡Hosanna! La multitud que recibió a Jesús utilizó precisamente estas palabras porque reconocía en Él al Rey prometido. Sin embargo, muchos esperaban una liberación política, mientras que Cristo venía a ofrecer una salvación mucho más profunda: la redención del pecado mediante su muerte y resurrección.

El salmo concluye exactamente como comenzó:

«Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia.» (Salmo 118:29)

La historia comienza y termina con la misma verdad. La misericordia de Dios sostiene toda la historia de la redención. Desde el éxodo hasta la cruz, desde la resurrección hasta la esperanza del regreso de Cristo, todo descansa sobre el amor fiel del Señor hacia su pueblo.


PALABRAS CLAVE EN LOS IDIOMAS ORIGINALES

Comprender algunas palabras en su idioma original ayuda a captar la profundidad espiritual del texto. Estas definiciones no sustituyen la Escritura; la iluminan.

חֶסֶד (ḥésed) — Misericordia, amor fiel. Expresa el amor constante con el que Dios mantiene su pacto y permanece fiel a sus promesas.

יָשַׁע (yāshaʿ) — Salvar, librar. Verbo del cual deriva el nombre Jesús (Yeshúa), que significa «Jehová salva». En este salmo alcanza un profundo sentido mesiánico.

הוֹשִׁיעָה נָּא (hôšîʿāh nāʾ) — ¡Sálvanos ahora! Expresión que dio origen al término Hosanna, pronunciado por la multitud durante la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén.

אֶבֶן (ʾéven) — Piedra. La «piedra» rechazada por los edificadores anticipa proféticamente a Cristo, quien fue desechado por los hombres, pero constituido por Dios como la piedra angular de su Iglesia.


IDEA CENTRAL

La verdadera victoria pertenece al Señor, quien transforma el rechazo en gloria, la angustia en salvación y establece a Jesucristo como la piedra angular sobre la cual descansa nuestra esperanza eterna.


PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR

  1. ¿En quién estoy depositando realmente mi confianza: en Dios o en mis propios recursos?
  2. ¿Cómo ha demostrado el Señor su fidelidad en medio de las dificultades que he enfrentado?
  3. ¿He reconocido a Jesucristo como la piedra angular sobre la cual edifico toda mi vida?
  4. ¿Mi adoración nace únicamente cuando todo marcha bien o también en medio de la aflicción?
  5. ¿Estoy proclamando con mi vida que la misericordia del Señor permanece para siempre?

NOTA PASTORAL

El Salmo 118 nos recuerda que los caminos de Dios muchas veces son distintos a nuestras expectativas. Aquello que el mundo rechaza, Dios puede convertirlo en el fundamento de su obra. Así ocurrió con Jesucristo: despreciado por los hombres, crucificado como un malhechor y, sin embargo, exaltado por el Padre como Señor y Salvador. La esperanza del creyente no descansa en las circunstancias, sino en el Cristo resucitado, la Piedra Angular que jamás será removida.

Cada vez que enfrentemos momentos de incertidumbre, recordemos que el mismo Señor que sostuvo a Israel continúa guiando a su pueblo. Su misericordia sigue siendo eterna, su fidelidad permanece inalterable y su salvación continúa transformando vidas. Vivamos, entonces, edificando nuestra fe sobre Cristo y proclamando con alegría que «Bendito el que viene en el nombre de Jehová», porque en Él encontramos la victoria que permanece para siempre.

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