DÍA 203 — SALMOS 112–114 (RV-1960)

La bendición del justo, la gloria del Dios incomparable y la libertad que el Señor concede a su pueblo.

Quien teme al Señor refleja su carácter en su manera de vivir. La verdadera piedad nace de conocer a Dios y se manifiesta en una vida de justicia, generosidad y confianza firme en Él.

Los Salmos 112–114 constituyen una hermosa unidad dentro del Libro V del Salterio. Después de afirmar en el Salmo 111 que «el principio de la sabiduría es el temor de Jehová», el Salmo 112 muestra cómo vive el hombre que realmente teme al Señor. No presenta una vida libre de dificultades, sino una existencia cimentada sobre la confianza, la generosidad y la fidelidad a Dios. A continuación, el Salmo 113 abre la colección conocida como el Hallel Egipcio (Salmos 113–118), una serie de himnos que los judíos cantaban durante la celebración de la Pascua para recordar la liberación de Egipto y exaltar la grandeza del Dios del pacto. Finalmente, el Salmo 114 recuerda precisamente ese acontecimiento decisivo de la historia de Israel: el éxodo. Con un lenguaje profundamente poético, presenta a toda la creación respondiendo con reverencia ante la presencia del Señor que libertó a su pueblo.

Estos tres salmos desarrollan una progresión extraordinaria. Primero contemplamos la transformación que Dios produce en la vida del creyente; después elevamos la mirada hacia la incomparable majestad del Señor; finalmente recordamos la gran obra redentora mediante la cual Dios formó para sí un pueblo. Así aprendemos que la vida piadosa no nace del esfuerzo humano, sino del conocimiento del Dios que salva, gobierna y permanece fiel a través de todas las generaciones. Quien ha sido redimido por el Señor aprende a vivir con integridad, a adorarlo con humildad y a caminar confiando en el Dios que continúa obrando maravillas.


SALMO 112 — LA VIDA DEL HOMBRE QUE TEME A JEHOVÁ

El Salmo 112 forma un hermoso complemento del Salmo 111. Ambos son salmos acrósticos y comparten una estrecha relación temática. Si el primero describe el carácter y las obras de Dios, el segundo muestra cómo esas mismas cualidades comienzan a reflejarse en la vida del creyente que vive bajo el temor del Señor. La secuencia es profundamente significativa: antes de hablar de la conducta del justo, la Escritura nos presenta el carácter de Dios. La verdadera santidad siempre es el resultado de conocer al Señor.

El salmo comienza con una bienaventuranza.

«Bienaventurado el hombre que teme a Jehová, y en sus mandamientos se deleita en gran manera» (Salmo 112:1, RV-1960).

El temor de Jehová no describe una emoción de terror, sino una actitud de reverencia, amor y obediencia. El hombre bienaventurado no obedece por obligación, sino porque encuentra verdadero deleite en la voluntad de Dios. Esta misma verdad aparece repetidamente en el Salmo 1 y alcanza su máxima expresión en el Salmo 119, donde la ley del Señor es presentada como motivo de gozo para el creyente.

El salmista continúa describiendo las bendiciones que acompañan esta vida.

«Su descendencia será poderosa en la tierra; la generación de los rectos será bendita» (Salmo 112:2, RV-1960).

Estas palabras deben interpretarse dentro del contexto del pacto. En Israel, la bendición divina alcanzaba también a la familia y a las generaciones futuras. Sin embargo, el énfasis no recae en una prosperidad automática, sino en la influencia espiritual que produce una vida consagrada al Señor. Un hombre piadoso deja una herencia mucho más valiosa que cualquier riqueza material.

Más adelante afirma:

«No tendrá temor de malas noticias; su corazón está firme, confiado en Jehová» (Salmo 112:7, RV-1960).

Este versículo constituye uno de los retratos más bellos de la madurez espiritual. El salmista no dice que el justo jamás recibirá malas noticias. Las dificultades, las enfermedades y las pérdidas forman parte de la experiencia humana. La diferencia consiste en que el creyente ha aprendido dónde descansa su seguridad. Su estabilidad no depende de las circunstancias, sino del carácter inmutable de Dios.

La expresión «su corazón está firme» recuerda la misma palabra utilizada por David en el Salmo 108:1: un corazón afirmado, establecido y sostenido por el Señor. La confianza bíblica no elimina el dolor, pero sí impide que el temor gobierne la vida.

El salmista añade otra característica esencial del justo.

«Reparte, da a los pobres; su justicia permanece para siempre» (Salmo 112:9, RV-1960).

La verdadera piedad siempre se manifiesta en generosidad. El hombre que ha experimentado la misericordia de Dios desarrolla un corazón dispuesto a compartir con quienes atraviesan necesidad. No se trata de un acto ocasional, sino de un estilo de vida que refleja el carácter del Padre celestial.

Pablo citará este versículo en 2 Corintios 9:9 para animar a la iglesia a practicar la generosidad cristiana. De esta manera, el Nuevo Testamento muestra que el principio descrito por el salmista continúa vigente para el pueblo de Dios.

El salmo concluye estableciendo un fuerte contraste.

«Lo verá el impío y se irritará; crujirá los dientes, y se consumirá» (Salmo 112:10, RV-1960).

Mientras el justo disfruta de la estabilidad que produce la confianza en Dios, el impío termina consumido por la frustración y la envidia. La diferencia entre ambos no radica únicamente en el desenlace final, sino en la manera como enfrentan la vida presente. El creyente vive sostenido por la esperanza; el impío permanece cautivo de sus propios deseos.


SALMO 113 — EL DIOS ALTÍSIMO QUE SE INCLINA HACIA LOS HUMILDES

El Salmo 113 inaugura el Hallel Egipcio, la colección de himnos que acompañaba la celebración de la Pascua. Según la tradición judía, este salmo y el siguiente se cantaban antes de la cena pascual, mientras que los Salmos 115–118 se entonaban al finalizar la celebración. Muy probablemente, Jesús y sus discípulos cantaron estas mismas palabras durante la última cena, poco antes de dirigirse al monte de los Olivos (Mateo 26:30).

El cántico comienza con un triple llamado a la adoración.

«Alabad, siervos de Jehová, alabad el nombre de Jehová» (Salmo 113:1, RV-1960).

El centro de la adoración no son las bendiciones recibidas, sino el nombre del Señor, es decir, su carácter, su gloria y su persona.

Continúa diciendo:

«Sea el nombre de Jehová bendito desde ahora y para siempre» (Salmo 113:2, RV-1960).

La alabanza trasciende las circunstancias y el paso del tiempo. El pueblo de Dios adora porque el Señor permanece inmutable.

Después amplía aún más el horizonte.

«Desde el nacimiento del sol hasta donde se pone, sea alabado el nombre de Jehová» (Salmo 113:3, RV-1960).

La expresión abarca toda la tierra. El mismo énfasis apareció anteriormente en los Salmos del Reino y anticipa nuevamente el alcance universal del evangelio. El Dios de Israel es también el Señor de todas las naciones.

El salmista pregunta entonces:

«¿Quién como Jehová nuestro Dios, que se sienta en las alturas?» (Salmo 113:5, RV-1960).

Esta pregunta retórica constituye una de las grandes afirmaciones del monoteísmo bíblico. Ningún poder, ningún rey y ningún supuesto dios puede compararse con el Señor.

Sin embargo, inmediatamente aparece uno de los contrastes más hermosos de todo el Salterio.

«Que se humilla a mirar en el cielo y en la tierra» (Salmo 113:6, RV-1960).

El Dios infinitamente exaltado también se inclina hacia su creación. Su grandeza no lo vuelve distante; al contrario, lo mueve a mostrar compasión hacia quienes no pueden ayudarse a sí mismos.

Por ello continúa:

«Él levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del muladar» (Salmo 113:7, RV-1960).

El polvo y el muladar representan la condición más baja de la sociedad. El Señor no desprecia al humilde, sino que lo levanta para darle dignidad. Esta verdad encuentra un hermoso paralelo en el cántico de Ana (1 Samuel 2:1-10), cuyas palabras inspiraron posteriormente el Magníficat de María (Lucas 1:46-55). En ambos casos, Dios aparece exaltando a los humildes y humillando a los soberbios.

El salmo concluye con otra manifestación de la gracia divina.

«Él hace habitar en familia a la estéril, que se goza en ser madre de hijos. Aleluya» (Salmo 113:9, RV-1960).

En el antiguo Israel, la esterilidad era motivo de profunda tristeza y, muchas veces, de vergüenza social. El salmista recuerda que Dios tiene poder para transformar aquello que humanamente parece imposible. Sara, Rebeca, Raquel, Ana y, siglos después, Elisabet constituyen testimonios vivos de esta realidad. El Señor escribe nuevas historias donde el hombre solamente ve imposibilidades.


SALMO 114 — LA CREACIÓN RECONOCIÓ A SU REDENTOR

Cuando Dios actúa para salvar, toda la creación responde a su presencia. El mar, los montes y la tierra proclaman que el Redentor de Israel gobierna con poder soberano y cumple fielmente su propósito.

El Salmo 114 es uno de los poemas más extraordinarios del Antiguo Testamento. En apenas ocho versículos resume el éxodo de Israel utilizando un lenguaje lleno de imágenes y personificaciones. La naturaleza aparece reaccionando ante la presencia del Dios que vino a libertar a su pueblo.

El salmo comienza recordando el acontecimiento central de la historia de Israel.

«Cuando salió Israel de Egipto, la casa de Jacob del pueblo extranjero» (Salmo 114:1, RV-1960).

El éxodo constituye el gran acto redentor del Antiguo Testamento. Así como la cruz ocupa el centro de la historia de la Iglesia, la liberación de Egipto ocupó el centro de la memoria nacional de Israel. Cada celebración de la Pascua recordaba que el pueblo existía únicamente porque Dios lo había rescatado con brazo poderoso.

El salmista continúa:

«Judá vino a ser su santuario, e Israel su señorío» (Salmo 114:2, RV-1960).

La liberación tenía un propósito espiritual. Dios no sacó a Israel de Egipto únicamente para darle una tierra, sino para establecer una relación de pacto. El pueblo fue redimido para pertenecer al Señor y convertirse en una nación santa.

Después aparece una serie de imágenes llenas de fuerza poética.

«El mar lo vio, y huyó; el Jordán se volvió atrás» (Salmo 114:3, RV-1960).

El Mar Rojo y el río Jordán representan los dos grandes milagros mediante los cuales Dios abrió camino para su pueblo. El salmista personifica estos elementos de la naturaleza, como si ellos mismos reconocieran la autoridad de su Creador.

Continúa diciendo:

«Los montes saltaron como carneros, los collados como corderitos» (Salmo 114:4, RV-1960).

La imagen probablemente alude a la manifestación de Dios en el monte Sinaí, donde la montaña tembló ante la presencia del Señor (Éxodo 19:18). Aquello que para el hombre representa firmeza y estabilidad responde con reverencia delante del Dios eterno.

Entonces el salmista formula una serie de preguntas.

«¿Qué tuviste, oh mar, que huiste? ¿Y tú, oh Jordán, que te volviste atrás?» (Salmo 114:5, RV-1960).

Las preguntas no buscan información; preparan la respuesta que aparece al final del salmo.

«A la presencia de Jehová tiembla la tierra, a la presencia del Dios de Jacob» (Salmo 114:7, RV-1960).

Esta es la explicación de todos los milagros del éxodo. No fue el mar quien decidió abrirse, ni el Jordán quien retrocedió. Toda la creación respondió a la presencia del Señor.

El salmo concluye recordando otro milagro del desierto.

«El cual cambió la peña en estanque de aguas, y en fuente de aguas la roca» (Salmo 114:8, RV-1960).

El Dios que abrió el mar también hizo brotar agua de la roca para sostener la vida de su pueblo. Pablo interpretará este episodio de manera cristológica al afirmar que «la roca era Cristo» (1 Corintios 10:4). De esta manera, el éxodo se convierte en una anticipación de la obra redentora del Mesías, quien sacia para siempre la sed espiritual de quienes creen en Él.


PALABRAS CLAVE

yir’áh (יִרְאָה) — temor reverente, actitud de obediencia y profunda reverencia hacia Dios.

hallel (הַלֵּל) — alabar, celebrar con gozo la grandeza del Señor.

dal (דַּל) — pobre, débil, humilde, persona necesitada de ayuda.

ga’al (גָּאַל) — redimir, rescatar, liberar mediante la intervención del Redentor.


IDEA CENTRAL

El creyente que teme al Señor vive confiado y generoso porque conoce al Dios incomparable que levanta al humilde, redime a su pueblo con poder y continúa gobernando soberanamente sobre toda la creación.


PREGUNTAS PARA REFLEXIÓN

1. ¿Qué características distinguen al hombre que teme a Jehová según el Salmo 112?

2. ¿Qué nos enseña el Salmo 113 acerca de la relación entre la grandeza de Dios y su compasión por los humildes?

3. ¿Por qué el éxodo ocupa un lugar tan central en la adoración y en la memoria espiritual de Israel?

4. ¿Cómo apunta el Salmo 114 hacia la obra redentora de Jesucristo?

5. ¿De qué manera fortalece nuestra fe recordar que el mismo Dios que abrió el Mar Rojo sigue actuando soberanamente en favor de su pueblo?


NOTA PASTORAL

Los Salmos 112–114 nos recuerdan que la verdadera piedad nunca consiste únicamente en conocer doctrinas, sino en vivir a la luz de ellas. Quien teme al Señor desarrolla un corazón firme en medio de la incertidumbre, aprende a compartir generosamente con quienes necesitan ayuda y descubre que la paz no depende de la ausencia de dificultades, sino de la presencia constante de Dios. La estabilidad del justo nace de saber que su vida está sostenida por el mismo Señor que gobierna el universo y permanece fiel a su pacto.

Al mismo tiempo, estos salmos elevan nuestra mirada hacia la grandeza del Dios que, siendo infinitamente exaltado, se inclina con ternura para levantar al pobre, restaurar al quebrantado y redimir a quienes claman a Él. El éxodo anuncia la liberación mayor que Cristo realizaría mediante su muerte y resurrección. Así como el Señor abrió un camino imposible a través del mar, también abrió mediante la cruz el camino definitivo hacia la comunión con el Padre. Por eso nuestra adoración no nace solamente del recuerdo de lo que Dios hizo en el pasado, sino de la certeza de que el Redentor sigue obrando hoy con el mismo poder, la misma misericordia y la misma fidelidad que han acompañado a su pueblo desde el principio de la historia.

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