La fidelidad de Dios frente a la infidelidad humana, la esperanza del restaurado y la confianza del rey que depende del Señor.

Los Salmos 106–108 marcan una importante transición dentro del libro de los Salmos. El Salmo 106 cierra la gran sección histórica iniciada en el Salmo 105, pero lo hace desde una perspectiva completamente diferente. Mientras el Salmo 105 exaltó la fidelidad inquebrantable de Dios para cumplir su pacto con Abraham, el Salmo 106 pone de relieve la continua infidelidad de Israel a lo largo de su historia. Ambos salmos deben leerse juntos, pues presentan las dos caras de una misma realidad: un Dios absolutamente fiel frente a un pueblo repetidamente rebelde.
El Salmo 107 inaugurará posteriormente el Libro V del Salterio, pero antes de llegar allí encontramos el Salmo 108, una composición de David elaborada a partir de porciones de los Salmos 57 y 60. No se trata de una simple repetición. David toma antiguas expresiones de confianza pronunciadas en medio de la aflicción y las reúne para formar un nuevo cántico de victoria, demostrando que las experiencias pasadas de la gracia de Dios alimentan la fe para enfrentar nuevos desafíos.
En estos tres salmos descubrimos un recorrido profundamente pastoral. Primero contemplamos la triste historia de un pueblo que olvidó continuamente las maravillas del Señor; luego observamos cómo Dios permanece dispuesto a restaurar a quienes claman desde su aflicción; finalmente aprendemos que la verdadera victoria nunca depende de la capacidad humana, sino de la intervención del Dios que permanece fiel aun cuando nosotros fallamos. La historia de la redención no es, en última instancia, la historia de la fidelidad del hombre, sino la historia de la gracia perseverante de Dios.
SALMO 106 — LA MISERICORDIA DEL PACTO TRIUNFA SOBRE LA REBELIÓN DEL PUEBLO
El Salmo 106 constituye una confesión nacional que recorre buena parte de la historia de Israel para mostrar un patrón que se repite constantemente: Dios obra con poder y misericordia; el pueblo responde con incredulidad y desobediencia; el Señor disciplina a su pueblo; Israel clama desde su aflicción, y Dios vuelve a manifestar su compasión. Este ciclo aparece una y otra vez desde el éxodo hasta el exilio, revelando tanto la gravedad del pecado humano como la inmensidad de la misericordia divina.
El salmo comienza con una invitación semejante a la de otros himnos de acción de gracias.
«Aleluya. Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia» (Salmo 106:1, RV-1960).
La palabra «misericordia» traduce nuevamente el término hebreo jésed, el amor fiel mediante el cual Dios permanece comprometido con el pacto aun cuando su pueblo demuestra repetidamente su infidelidad. Este versículo establece desde el principio el tono del salmo: la historia que sigue será dolorosa, pero estará sostenida por la fidelidad del Señor.
El salmista reconoce inmediatamente la incapacidad humana para describir plenamente las obras divinas.
«¿Quién expresará las poderosas obras de Jehová? ¿Quién contará sus alabanzas?» (Salmo 106:2, RV-1960).
La historia de la salvación siempre supera la capacidad del hombre para narrarla completamente.
Después de esta introducción, el autor realiza una sorprendente confesión.
«Pecamos nosotros, como nuestros padres; hicimos iniquidad, hicimos impiedad» (Salmo 106:6, RV-1960).
Resulta significativo que no hable únicamente de los pecados de generaciones anteriores. Se identifica con ellos y reconoce que la tendencia a rebelarse contra Dios continúa presente. La confesión bíblica nunca consiste solamente en señalar los errores ajenos; comienza reconociendo nuestra propia necesidad de gracia.
El recorrido histórico inicia en Egipto.
«Nuestros padres en Egipto no entendieron tus maravillas; no se acordaron de la muchedumbre de tus misericordias» (Salmo 106:7, RV-1960).
A pesar de haber contemplado las diez plagas y la liberación extraordinaria del Señor, Israel reaccionó con incredulidad junto al Mar Rojo. Sin embargo, Dios actuó movido por la gloria de su propio nombre.
«Pero él los salvó por amor de su nombre, para hacer notorio su poder» (Salmo 106:8, RV-1960).
Esta afirmación constituye uno de los grandes principios de la teología bíblica. Dios no salva porque el hombre lo merezca, sino porque su carácter santo y fiel así lo determina. La gloria del Señor es el fundamento último de la redención.
El salmo continúa recordando los diversos episodios de rebeldía durante el desierto: la codicia del pueblo (Números 11), la envidia contra Moisés y Aarón (Números 16), la idolatría del becerro de oro (Éxodo 32), la incredulidad en Cades-barnea (Números 13–14), la apostasía en Baal-peor (Números 25) y las continuas murmuraciones contra Dios.
Especial atención merece el episodio del becerro de oro.
«Así cambiaron su gloria por la imagen de un buey que come hierba» (Salmo 106:20, RV-1960).
El contraste resulta profundamente irónico. Israel sustituyó la gloria del Dios invisible por una imagen incapaz de hablar, actuar o salvar. Pablo retomará este principio en Romanos 1 para explicar la esencia de toda idolatría: cambiar la gloria del Creador por aquello que pertenece a la creación.
Más adelante el salmista recuerda la intervención de Moisés.
«De no haberse interpuesto Moisés su escogido delante de él, a fin de apartar su indignación» (Salmo 106:23, RV-1960).
Aquí aparece uno de los grandes retratos veterotestamentarios de la intercesión. Moisés se coloca simbólicamente entre el pueblo culpable y el juicio divino, anticipando de manera imperfecta la obra del gran Mediador, Jesucristo, quien llevaría sobre sí mismo el castigo del pecado para reconciliarnos con Dios.
Posteriormente recuerda el rechazo de la tierra prometida.
«Aborrecieron la tierra deseable; no creyeron a su palabra» (Salmo 106:24, RV-1960).
La incredulidad siempre termina despreciando las promesas de Dios. Israel no fue excluido de Canaán por falta de poder divino, sino por negarse a confiar en la palabra del Señor.
El salmo continúa describiendo la corrupción moral que caracterizó el período de los Jueces y los siglos posteriores.
«Se mezclaron con las naciones, y aprendieron sus obras» (Salmo 106:35, RV-1960).
En lugar de influir espiritualmente sobre los pueblos paganos, Israel terminó adoptando sus costumbres, su idolatría y aun sus prácticas más perversas.
Sin embargo, el salmo no termina con la disciplina.
«Con todo eso, él miraba cuando estaban en angustia, y oía su clamor» (Salmo 106:44, RV-1960).
La misericordia vuelve a imponerse sobre el juicio.
«Y se acordaba de su pacto con ellos, y se arrepentía conforme a la muchedumbre de sus misericordias» (Salmo 106:45, RV-1960).
El verbo «arrepentía» no significa que Dios cambiara de opinión por haber cometido un error. Expresa, en lenguaje humano, que el Señor modifica su trato con el pueblo cuando este responde con arrepentimiento, permaneciendo siempre fiel a su pacto.
El salmo concluye con una oración que probablemente refleja el tiempo del exilio.
«Sálvanos, Jehová Dios nuestro, y recógenos de entre las naciones» (Salmo 106:47, RV-1960).
La restauración del pueblo dependería, una vez más, únicamente de la gracia del Señor.
SALMO 107 — LOS REDIMIDOS DEL SEÑOR CUENTAN SUS MARAVILLAS
Con el Salmo 107 comienza el Libro V del Salterio (Salmos 107–150). Muchos estudiosos consideran que esta última sección fue organizada después del regreso del exilio babilónico. No es casualidad que el libro se abra celebrando la restauración de quienes fueron reunidos nuevamente por el Señor.
El salmo inicia con las mismas palabras que habían abierto el anterior.
«Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia» (Salmo 107:1, RV-1960).
Después añade una invitación dirigida a quienes experimentaron personalmente la liberación.
«Díganlo los redimidos de Jehová» (Salmo 107:2, RV-1960).
La fe bíblica nunca permanece silenciosa. Quien ha sido rescatado por Dios encuentra razones para contar públicamente sus maravillas.
El salmista desarrolla cuatro grandes escenas que representan distintas formas de aflicción humana: viajeros perdidos en el desierto, prisioneros encadenados, enfermos al borde de la muerte y marineros atrapados por una tormenta. Aunque describen situaciones reales, también ilustran la condición espiritual del ser humano apartado de Dios.
En cada sección aparece la misma estructura: sufrimiento, clamor, intervención divina y alabanza.
Por ejemplo:
«Entonces clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones» (Salmo 107:6, RV-1960).
Esta frase se repite cuatro veces (vv. 6, 13, 19 y 28), subrayando que el Señor escucha siempre el clamor sincero de quienes acuden a Él.
El salmo insiste igualmente en una respuesta que también se repite.
«Alaben la misericordia de Jehová, y sus maravillas para con los hijos de los hombres» (Salmo 107:8, RV-1960).
El propósito de la liberación no consiste únicamente en resolver un problema temporal, sino en conducir al hombre hacia la adoración.
Especialmente conmovedora resulta la escena de los navegantes.
«Suben a los cielos, descienden a los abismos; sus almas se derriten con el mal» (Salmo 107:26, RV-1960).
La imagen transmite la absoluta impotencia humana frente a las fuerzas de la naturaleza. Pero basta una palabra del Señor.
«Cambió la tempestad en sosiego» (Salmo 107:29, RV-1960).
Los evangelios muestran a Jesucristo realizando exactamente esta obra sobre el mar de Galilea (Marcos 4:35–41), revelando que el poder atribuido aquí a Jehová pertenece también al Hijo de Dios.
El salmo concluye con una profunda reflexión sapiencial.
«¿Quién es sabio y guardará estas cosas, y entenderá las misericordias de Jehová?» (Salmo 107:43, RV-1960).
La verdadera sabiduría consiste en aprender a reconocer la mano providencial de Dios actuando en la historia.
SALMO 108 — LA VICTORIA PERTENECE AL SEÑOR

El Salmo 108 posee una característica singular. David reúne aquí expresiones tomadas de los Salmos 57 y 60 para formar un nuevo himno de confianza. Esto demuestra que la adoración bíblica posee una memoria espiritual: las experiencias pasadas de la fidelidad de Dios fortalecen la fe para enfrentar nuevos desafíos.
El salmo comienza con una firme declaración.
«Mi corazón está dispuesto, oh Dios; cantaré y entonaré salmos» (Salmo 108:1, RV-1960).
La expresión «está dispuesto» comunica firmeza, estabilidad y determinación. Antes de contemplar cualquier circunstancia, David decide afirmar su confianza en el Señor.
Continúa diciendo:
«Despiértate, salterio y arpa; despertaré al alba» (Salmo 108:2, RV-1960).
La adoración precede a la batalla. David no espera obtener la victoria para cantar; canta porque conoce al Dios que pelea por su pueblo.
Después proclama:
«Porque más grande que los cielos es tu misericordia, y hasta los cielos tu verdad» (Salmo 108:4, RV-1960).
Una vez más aparecen unidos el jésed (amor fiel) y la verdad del pacto. Todo el actuar de Dios descansa sobre estos atributos.
En la segunda mitad del salmo reaparece el contexto militar.
«¿Quién me guiará a la ciudad fortificada?» (Salmo 108:10, RV-1960).
David reconoce que ninguna estrategia humana garantiza la victoria.
Por ello concluye:
«Dadnos socorro contra el adversario, porque vana es la ayuda del hombre» (Salmo 108:12, RV-1960).
Esta confesión resume la teología del salmo. Los recursos humanos poseen un alcance limitado, pero el poder del Señor nunca fracasa.
El cántico termina con una de las declaraciones más memorables del Salterio.
«En Dios haremos proezas, y él hollará a nuestros enemigos» (Salmo 108:13, RV-1960).
La victoria pertenece al pueblo únicamente porque pertenece primero a Dios. Todo triunfo verdadero nace de la dependencia del Señor y no de la autosuficiencia humana.
PALABRAS CLAVE
jésed (חֶסֶד) — misericordia, amor fiel del pacto, bondad constante que Dios mantiene hacia su pueblo.
ga’al (גָּאַל) — redimir, rescatar, liberar mediante el derecho del redentor.
zakar (זָכַר) — recordar; actuar conforme al pacto establecido.
kun (כּוּן) — afirmar, establecer, hacer firme, preparar con estabilidad.
IDEA CENTRAL
Aunque el pueblo de Dios ha fallado repetidamente a lo largo de la historia, el Señor permanece fiel a su pacto, escucha el clamor del arrepentido, restaura a los redimidos y concede la victoria a quienes ponen toda su confianza en Él.
PREGUNTAS PARA REFLEXIÓN
1. ¿Qué contraste presenta el Salmo 106 entre la fidelidad de Dios y la respuesta constante del pueblo de Israel?
2. ¿Por qué la historia bíblica insiste tanto en recordar las obras pasadas del Señor?
3. ¿Qué enseñan las cuatro escenas del Salmo 107 acerca de la condición humana y de la gracia de Dios?
4. ¿Qué significa para el creyente afirmar, como David, que «vana es la ayuda del hombre»?
5. ¿Cómo fortalece nuestra fe saber que el mismo Dios que restauró a Israel continúa actuando hoy en favor de quienes claman a Él?
NOTA PASTORAL
Los Salmos 106–108 nos recuerdan que la historia del pueblo de Dios nunca ha sido la historia de personas perfectas, sino la historia de un Dios perfectamente fiel. Israel cayó una y otra vez en la incredulidad, la idolatría y la desobediencia, pero el Señor jamás abandonó el pacto que había establecido. Su disciplina fue real, pero su misericordia siempre tuvo la última palabra cuando el pueblo volvió su corazón hacia Él. Esta verdad llena de esperanza a todo creyente que reconoce sus propias debilidades y comprende que su seguridad descansa en la gracia del Señor y no en sus propios méritos. Al mismo tiempo, estos salmos nos enseñan a cultivar una memoria espiritual agradecida. Recordar las liberaciones pasadas fortalece la confianza para enfrentar las luchas presentes. El Dios que abrió el Mar Rojo, restauró a los desterrados y dio victoria a David sigue siendo el mismo. En Jesucristo contemplamos el cumplimiento definitivo de esa fidelidad, pues Él es el verdadero Redentor que nos rescata de la esclavitud del pecado, calma las tormentas del corazón y nos conduce a la victoria eterna. Por eso, aun cuando las circunstancias parezcan adversas, podemos levantar nuestra voz con plena convicción y afirmar: «En Dios haremos proezas», porque nuestra esperanza descansa en Aquel cuya misericordia permanece para siempre.
Deja un comentario