DÍA 194 — SALMOS 85–87 (RV-1960)

La restauración del pueblo, la esperanza del Reino y la gloria de la ciudad de Dios.

La verdadera restauración comienza cuando Dios transforma el corazón. Su misericordia no solo reconstruye lo que fue destruido, sino que renueva a su pueblo para volver a caminar en sus caminos.

Los Salmos 85–87 nos presentan un hermoso recorrido desde la restauración espiritual hasta la esperanza universal del reino de Dios. El Salmo 85 recuerda la misericordia manifestada después del exilio y ruega por un avivamiento espiritual; el Salmo 86 contiene una de las oraciones personales más profundas de David, donde el rey descansa completamente en el carácter misericordioso del Señor; finalmente, el Salmo 87 exalta a Sion como la ciudad escogida por Dios y anticipa el día en que personas de todas las naciones serán contadas como ciudadanos de su Reino.

Estos salmos enseñan que la restauración verdadera nunca consiste únicamente en regresar a una tierra o recuperar antiguas bendiciones materiales. La restauración comienza cuando Dios vuelve a ocupar el centro de la vida de su pueblo y culmina cuando hombres y mujeres de todas las naciones llegan a formar parte de la familia del Señor por medio de su gracia. La historia de Israel continúa apuntando hacia el cumplimiento universal del plan redentor en Jesucristo.


SALMO 85 — LA RESTAURACIÓN QUE PRODUCE LA MISERICORDIA DE DIOS

El Salmo 85, atribuido a los hijos de Coré, probablemente fue escrito después del regreso del exilio babilónico. El pueblo ya ha experimentado una primera restauración al volver a Jerusalén, pero comprende que aún necesita una restauración mucho más profunda. Las murallas pueden reconstruirse y el templo puede levantarse nuevamente, pero solamente Dios puede renovar el corazón de su pueblo.

El salmo comienza recordando la gracia ya recibida.

“Fuiste propicio a tu tierra, oh Jehová; volviste la cautividad de Jacob” (Salmo 85:1, RV-1960).

El regreso del exilio constituye una evidencia visible de la fidelidad del Señor. Dios había disciplinado a Israel conforme a su pacto, pero también había cumplido su promesa de traer nuevamente a su pueblo a la tierra.

El salmista continúa:

“Perdonaste la iniquidad de tu pueblo; todos los pecados de ellos cubriste” (Salmo 85:2, RV-1960).

Antes de celebrar la restauración nacional, reconoce el fundamento de toda esperanza: el perdón divino. Ninguna restauración verdadera puede producirse mientras el problema del pecado permanezca sin resolver. La misericordia de Dios constituye siempre el punto de partida.

Sin embargo, el pueblo sabe que todavía necesita una obra más profunda.

“Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación” (Salmo 85:4, RV-1960).

La oración demuestra que la restauración no termina con el regreso físico a Jerusalén. Israel necesita experimentar nuevamente la plenitud de la comunión con Dios.

Luego aparece una petición llena de esperanza.

“¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?” (Salmo 85:6, RV-1960).

El salmista no está pidiendo únicamente prosperidad nacional. Anhela un verdadero avivamiento espiritual. La vida que Dios concede siempre produce gozo, adoración y una relación renovada con Él.

Más adelante declara:

“Escucharé lo que hablará Jehová Dios; porque hablará paz a su pueblo” (Salmo 85:8, RV-1960).

La restauración comienza escuchando nuevamente la voz del Señor. La paz anunciada aquí no consiste solamente en ausencia de conflictos, sino en la restauración integral de la relación entre Dios y su pueblo.

El salmo alcanza uno de los pasajes más bellos de toda la poesía hebrea.

“La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmo 85:10, RV-1960).

Estas cuatro virtudes representan el carácter perfecto de Dios. En la cruz de Cristo alcanzan su máxima expresión: allí la justicia divina exige el castigo del pecado, mientras la misericordia ofrece salvación al pecador arrepentido. En Jesucristo, la justicia y la gracia dejan de parecer opuestas para manifestarse en perfecta armonía.

El salmo concluye afirmando:

“Jehová dará también el bien, y nuestra tierra dará su fruto” (Salmo 85:12, RV-1960).

Cuando la comunión con Dios es restaurada, también llegan las bendiciones que acompañan su presencia.


SALMO 86 — UNA ORACIÓN QUE DESCANSA EN EL CARÁCTER DE DIOS

El Salmo 86 constituye el único salmo de David incluido en esta sección del Salterio. Se trata de una oración profundamente personal donde el rey, rodeado de dificultades, fundamenta toda su esperanza no en sus propios méritos, sino en el carácter inmutable del Señor.

El salmo comienza con una súplica humilde.

“Inclina, oh Jehová, tu oído, y escúchame; porque estoy afligido y menesteroso” (Salmo 86:1, RV-1960).

David no se presenta como rey ni como vencedor de grandes batallas. Comparece delante de Dios reconociendo su necesidad. La verdadera oración nace de un corazón consciente de su absoluta dependencia del Señor.

Luego añade:

“Guarda mi alma, porque soy piadoso; salva tú, oh Dios mío, a tu siervo que en ti confía” (Salmo 86:2, RV-1960).

La palabra «piadoso» no expresa perfección moral, sino la decisión de vivir en fidelidad al pacto con Dios.

David continúa describiendo el carácter del Señor.

“Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te invocan” (Salmo 86:5, RV-1960).

Esta confesión constituye el fundamento de toda la oración. David sabe que Dios escucha porque su naturaleza es misericordiosa.

Más adelante declara:

“No hay semejante a ti entre los dioses, oh Señor” (Salmo 86:8, RV-1960).

El Señor es incomparable. Ningún ídolo puede ofrecer el perdón, la misericordia y el poder que pertenecen únicamente al Dios verdadero.

El salmista amplía entonces la perspectiva hacia el futuro.

“Todas las naciones que hiciste vendrán y adorarán delante de ti, Señor” (Salmo 86:9, RV-1960).

Estas palabras anticipan el alcance universal del evangelio. La adoración no quedará limitada a Israel; llegará el día en que personas de toda lengua y nación reconocerán la gloria del Señor.

David eleva luego una petición profundamente espiritual.

“Enséñame, oh Jehová, tu camino; caminaré yo en tu verdad; afirma mi corazón para que tema tu nombre” (Salmo 86:11, RV-1960).

El rey no pide únicamente liberación de sus enemigos; pide un corazón íntegro. La mayor necesidad del creyente consiste en ser transformado para vivir conforme a la voluntad de Dios.

Finalmente recuerda una de las grandes revelaciones del Antiguo Testamento.

“Mas tú, Señor, Dios misericordioso y clemente, lento para la ira, y grande en misericordia y verdad” (Salmo 86:15, RV-1960).

David cita las palabras reveladas por Dios a Moisés en el monte Sinaí (Éxodo 34:6). El mismo Dios que mostró misericordia a Israel continúa manifestando hoy ese mismo carácter.


SALMO 87 — SION, LA CIUDAD DEL DIOS VIVIENTE

Los ciudadanos del Reino de Dios provienen de todas las naciones. En Sion, el Señor reúne a quienes le pertenecen y les concede una herencia eterna en su presencia.

El Salmo 87 constituye un cántico extraordinario acerca de Jerusalén, la ciudad escogida por Dios. Sin embargo, su mensaje trasciende ampliamente la Jerusalén terrenal para anunciar el futuro Reino donde personas provenientes de todas las naciones serán contadas como ciudadanos del pueblo de Dios.

El salmo comienza diciendo:

“Su cimiento está en el monte santo” (Salmo 87:1, RV-1960).

Sion representa el lugar donde Dios decidió manifestar especialmente su presencia. No era la importancia política de Jerusalén lo que la distinguía, sino la elección soberana del Señor.

Luego declara:

“Ama Jehová las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob” (Salmo 87:2, RV-1960).

La ciudad ocupa un lugar especial dentro del plan redentor porque desde allí se desarrollaría gran parte de la historia de la salvación y, siglos después, allí moriría y resucitaría el Mesías.

El salmista proclama:

“¡Cosas gloriosas se han dicho de ti, ciudad de Dios!” (Salmo 87:3, RV-1960).

Sin embargo, la gloria de Sion alcanza una dimensión inesperada en los versículos siguientes.

“Yo me acordaré de Rahab y de Babilonia entre los que me conocen; he aquí Filistea y Tiro, con Etiopía; éste nació allá” (Salmo 87:4, RV-1960).

Las naciones tradicionalmente enemigas de Israel aparecen ahora incorporadas al pueblo de Dios. El lenguaje resulta sorprendente: hombres nacidos en Egipto, Babilonia, Filistea o Etiopía serán considerados como si hubieran nacido en Sion.

El versículo siguiente reafirma esta verdad.

“Y de Sion se dirá: Éste y aquél han nacido en ella” (Salmo 87:5, RV-1960).

Aquí encontramos un maravilloso anuncio profético del evangelio. La verdadera ciudadanía del pueblo de Dios ya no estará determinada por el nacimiento físico, sino por la gracia del Señor que incorpora a creyentes de todas las naciones a su Reino.

Esta visión encuentra su cumplimiento en Cristo, quien derribó la barrera entre judíos y gentiles, formando un solo pueblo mediante su sacrificio (Efesios 2:11–22).

El salmo concluye diciendo:

“Y cantores y tañedores en ella dirán: Todas mis fuentes están en ti” (Salmo 87:7, RV-1960).

La fuente de toda vida, gozo y esperanza permanece en Dios mismo.


PALABRAS CLAVE

שׁוּב (shuv) — restaurar, volver, hacer regresar.

חֶסֶד (jésed) — misericordia, amor fiel e inagotable.

אֱמֶת (emet) — verdad, fidelidad, firmeza.

צִיּוֹן (Tsiyón) — Sion, la ciudad escogida por Dios; símbolo del Reino y de la presencia divina.


IDEA CENTRAL

Dios restaura a su pueblo por medio de su misericordia, transforma el corazón de quienes lo buscan y reúne en su Reino a personas de todas las naciones para vivir eternamente en su presencia.


PREGUNTAS PARA REFLEXIÓN

1. ¿Qué diferencia existe entre una restauración externa y una restauración espiritual según el Salmo 85?

2. ¿Por qué David fundamenta toda su oración en el carácter de Dios y no en sus propios méritos?

3. ¿Qué significa pedir a Dios un corazón afirmado para temer su nombre?

4. ¿Qué enseñanza ofrece el Salmo 87 acerca del alcance universal del plan de salvación?

5. ¿Cómo podemos vivir hoy como ciudadanos del Reino de Dios mientras esperamos su plena manifestación?


NOTA PASTORAL

Los Salmos 85–87 nos recuerdan que la obra de Dios siempre va mucho más allá de resolver nuestras circunstancias inmediatas. Él no solamente reconstruye ciudades; restaura corazones. No solamente responde oraciones; transforma el carácter de quienes caminan con Él. Y no solamente bendice a un pueblo en particular; está formando una familia compuesta por hombres y mujeres de todas las naciones que han sido alcanzados por su gracia.

En Jesucristo contemplamos el cumplimiento perfecto de estas promesas. En Él la misericordia y la verdad se encontraron plenamente; por medio de Él podemos acercarnos confiadamente al Padre, y gracias a su obra hemos sido hechos ciudadanos del Reino eterno de Dios. Mientras peregrinamos en este mundo, caminemos con la misma confianza de David, anhelando cada día la presencia del Señor y recordando que nuestra verdadera patria está donde Cristo reina para siempre.

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