La bondad de Dios, la paciencia frente al mal y la abundancia de su misericordia.

¡Gustad y ved que es bueno Jehová; bienaventurado el hombre que en Él confía!
Los Salmos 34–36 continúan revelando el corazón de David mientras enfrenta diferentes circunstancias de la vida. En ellos encontramos el testimonio de un hombre que ha experimentado personalmente la liberación de Dios, la reflexión sobre el contraste entre el justo y el impío, y una profunda contemplación del amor inagotable del Señor. Estos cánticos no fueron escritos desde la comodidad de un palacio, sino desde la escuela del sufrimiento, donde David aprendió que la fidelidad de Dios es más firme que cualquier circunstancia.
Cada uno de estos salmos desarrolla una perspectiva diferente de la vida espiritual. El Salmo 34 celebra la bondad del Señor después de una liberación extraordinaria; el Salmo 35 presenta la oración de un hombre injustamente perseguido que deja su causa en manos de Dios; y el Salmo 36 contrasta la perversidad del corazón humano con la inmensidad de la misericordia divina. En conjunto, estos salmos nos enseñan que el creyente puede vivir con confianza porque Dios sigue obrando en favor de quienes le buscan, aun cuando el mal parezca avanzar momentáneamente.
SALMO 34 — GUSTAD Y VED QUE ES BUENO JEHOVÁ
El encabezado de este salmo nos sitúa en uno de los episodios más singulares de la vida de David. Después de huir de Saúl, buscó refugio entre los filisteos y llegó hasta Gat, ciudad donde años atrás había derrotado a Goliat. Cuando los siervos del rey reconocieron su identidad, David comprendió el peligro en el que se encontraba. Entonces fingió estar fuera de sí, dejando correr la saliva sobre su barba y trazando marcas sobre las puertas, hasta que fue expulsado por el rey Aquis (1 Samuel 21:10–15). Aquella liberación inesperada dio origen a este hermoso himno de gratitud.
David comienza proclamando:
“Bendeciré a Jehová en todo tiempo; su alabanza estará de continuo en mi boca” (Salmo 34:1, RV-1960).
Estas palabras adquieren un significado especial cuando recordamos las circunstancias en que fueron escritas. David no alababa a Dios porque todo marchaba bien, sino porque había aprendido que la bondad del Señor permanece constante aun en medio de las situaciones más inciertas. La verdadera adoración no depende de la comodidad, sino del reconocimiento del carácter de Dios.
Inmediatamente invita a otros a unirse a esa alabanza.
“Engrandeced a Jehová conmigo, y exaltemos a una su nombre” (Salmo 34:3, RV-1960).
La adoración bíblica nunca es completamente individualista. Quien ha experimentado la gracia de Dios desea que otros también conozcan su fidelidad. David convierte su experiencia personal en un testimonio para toda la congregación.
El salmista recuerda entonces cómo Dios respondió a su clamor.
“Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores” (Salmo 34:4, RV-1960).
Observe que David no dice que Dios eliminó todas las circunstancias difíciles, sino que lo libró de sus temores. Muchas veces el primer milagro que Dios realiza no consiste en cambiar la situación, sino en transformar el corazón del creyente para que pueda enfrentarla con fe.
Uno de los versículos más conocidos del salmo resume magistralmente la experiencia espiritual del creyente.
“Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él” (Salmo 34:8, RV-1960).
David utiliza el lenguaje de la experiencia. La bondad de Dios no puede conocerse únicamente mediante conceptos; debe experimentarse personalmente. Así como nadie puede describir completamente el sabor de un alimento sin probarlo, tampoco es posible comprender plenamente la gracia de Dios sin vivir una relación con Él. Pedro retomará esta misma imagen al exhortar a los creyentes.
“Si es que habéis gustado la benignidad del Señor” (1 Pedro 2:3, RV-1960).
Más adelante aparece una promesa que atraviesa toda la Escritura.
“El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende” (Salmo 34:7, RV-1960).
La presencia protectora de Dios acompañó a Jacob, rodeó el campamento de Eliseo en Dotán y fortaleció a los tres jóvenes hebreos en el horno de fuego. El pueblo de Dios nunca camina solo, aunque muchas veces no pueda ver los recursos que el Señor ha preparado para su protección.
David también enseña que el temor de Jehová transforma la conducta diaria.
“Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal, y haz el bien” (Salmo 34:13–14, RV-1960).
La verdadera piedad no consiste únicamente en palabras de adoración, sino en una vida que refleja el carácter de Dios.
El salmo concluye con una esperanza que señala hacia el Mesías.
“Él guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado” (Salmo 34:20, RV-1960).
Juan cita este versículo al describir la crucifixión de Cristo, cuando los soldados no quebraron sus piernas para que se cumpliera la Escritura (Juan 19:36). Así, la liberación experimentada por David anticipa la perfecta obra redentora de Jesucristo.
SALMO 35 — EL JUEZ JUSTO DEFENDERÁ LA CAUSA DE SUS SIERVOS
El Salmo 35 es una súplica pronunciada en medio de la persecución. David enfrenta acusaciones falsas y enemigos que buscan destruirlo sin causa. Sin embargo, en lugar de tomar venganza por sus propias manos, entrega completamente su causa al Señor. Este principio recorre toda la Biblia y alcanza su máxima expresión en Cristo, quien sufrió injustamente sin responder con violencia.
David comienza diciendo:
“Disputa, oh Jehová, con los que contra mí contienden; pelea contra los que me combaten” (Salmo 35:1, RV-1960).
El lenguaje militar refleja la gravedad de la situación. David reconoce que la batalla definitiva pertenece al Señor. La fe no consiste en ignorar los conflictos, sino en permitir que Dios sea quien defienda nuestra causa.
El salmista describe luego la intensidad de la persecución.
“Porque sin causa escondieron para mí su red en un hoyo; sin causa cavaron hoyo para mi alma” (Salmo 35:7, RV-1960).
La expresión «sin causa» se repite porque David desea dejar claro que no está sufriendo como consecuencia de su pecado, sino por la maldad ajena. Jesús aplicará este mismo principio a su propia vida.
“Me aborrecieron sin causa” (Juan 15:25, RV-1960).
Uno de los aspectos más conmovedores del salmo aparece cuando David recuerda cómo había actuado con aquellos que ahora lo perseguían.
“Pero yo, cuando ellos enfermaron, me vestí de cilicio; afligí con ayuno mi alma” (Salmo 35:13, RV-1960).
Mientras ellos responden con odio, David había respondido con compasión. Aquí encontramos un anticipo del carácter de Cristo, quien oró incluso por quienes lo crucificaban. El creyente está llamado a responder al mal con una actitud diferente, confiando en que Dios hará justicia en el tiempo oportuno.
A pesar de las acusaciones, David mantiene firme su esperanza.
“Y mi lengua hablará de tu justicia y de tu alabanza todo el día” (Salmo 35:28, RV-1960).
La última palabra no pertenece a los enemigos, sino al Dios justo que vindica a quienes permanecen fieles.
SALMO 36 — LA MALDAD DEL HOMBRE Y LA GRANDEZA DEL AMOR DE DIOS

Su amor fiel permanece para quienes buscan refugio bajo la sombra de sus alas.
El Salmo 36 presenta un marcado contraste entre dos realidades completamente opuestas. En los primeros versículos, David describe la profundidad del pecado humano; posteriormente dirige la mirada hacia la inmensidad del amor y la fidelidad de Dios. Este contraste permite comprender mejor la grandeza de la gracia divina.
David comienza describiendo la condición del impío.
“No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Salmo 36:1, RV-1960).
La raíz del pecado no es simplemente la desobediencia externa, sino la ausencia de reverencia hacia Dios. Cuando el hombre deja de reconocer la autoridad del Señor, termina convirtiéndose a sí mismo en la medida de todas las cosas. Pablo citará esta misma verdad al describir la condición universal del ser humano en Romanos 3.
El salmista añade que el impío ha perdido incluso la capacidad de reconocer su propia maldad.
“Se lisonjea, por tanto, en sus propios ojos” (Salmo 36:2, RV-1960).
El pecado posee un efecto engañoso: no solamente aparta al hombre de Dios, sino que también distorsiona la manera en que se percibe a sí mismo.
Pero repentinamente el escenario cambia. David deja de contemplar la perversidad humana y fija su mirada en el carácter del Señor.
“Jehová, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes” (Salmo 36:5, RV-1960).
Las imágenes utilizadas buscan expresar aquello que resulta imposible medir. Así como nadie puede calcular la altura de los cielos, tampoco puede agotarse la misericordia de Dios. La fidelidad del Señor supera infinitamente la inconstancia del corazón humano.
David continúa describiendo la abundancia de las bendiciones divinas.
“¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas” (Salmo 36:7, RV-1960).
La figura de las alas aparece repetidamente en los Salmos para describir el cuidado protector del Señor. Así como un ave cubre a sus polluelos, Dios protege a quienes buscan refugio en Él.
El salmista utiliza luego una imagen extraordinaria.
“Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz” (Salmo 36:9, RV-1960).
Toda vida procede de Dios y toda verdadera comprensión nace de su luz. Juan retomará este lenguaje al presentar a Cristo como la Luz del mundo y la fuente de la vida eterna.
El salmo concluye con una oración para que la misericordia del Señor continúe acompañando a quienes le conocen.
“Extiende tu misericordia a los que te conocen, y tu justicia a los rectos de corazón” (Salmo 36:10, RV-1960).
Cuando el creyente contempla la profundidad del pecado humano y, al mismo tiempo, la inmensidad del amor de Dios, comprende que toda su esperanza descansa únicamente en la gracia del Señor.
PALABRAS CLAVE
טוֹב (tov) — bueno, excelente, agradable.
חֶסֶד (jésed) — misericordia, amor fiel y constante.
יָרֵא (yaré) — temer, reverenciar profundamente a Dios.
אוֹר (or) — luz, claridad, vida y revelación.
IDEA CENTRAL
La bondad de Dios sostiene al creyente en la adversidad, su justicia defiende la causa de los fieles y su misericordia permanece infinitamente por encima de la maldad del ser humano.
PREGUNTAS PARA REFLEXIÓN
1. ¿Qué significa «gustar y ver» la bondad del Señor en la vida diaria?
2. ¿Cómo respondió David frente a quienes lo perseguían injustamente?
3. ¿Qué nos enseña el Salmo 35 acerca de dejar nuestra causa en las manos de Dios?
4. ¿Cuál es el contraste principal que presenta el Salmo 36 entre el hombre y Dios?
5. ¿Cómo fortalece nuestra esperanza saber que la misericordia del Señor llega hasta los cielos?
NOTA PASTORAL
Los Salmos 34–36 nos recuerdan que el creyente no vive sostenido por sus propias fuerzas, sino por la bondad constante del Señor. David experimentó el temor, la persecución y la injusticia, pero descubrió que Dios nunca abandona a quienes depositan en Él su confianza. La fidelidad divina fue mayor que cada una de sus pruebas. También nosotros vivimos en un mundo marcado por la maldad y la incertidumbre. Sin embargo, la misericordia de Dios continúa siendo más grande que el pecado humano, su justicia sigue defendiendo la causa de los suyos y su luz permanece guiando el camino de quienes le buscan. Cuando aprendemos a contemplar la grandeza del amor de Dios, descubrimos que ninguna adversidad puede apagar la esperanza de quienes se refugian bajo la sombra de sus alas.
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